TIERRA ADENTRO
Españolitos
CADA DÍA que pasa está uno más atribulado y “confundío” por estar vivo y formar parte de esa peña de españolitos que vinimos al mundo y, cuando creíamos haber encontrado cobijo y resguardo, al mismísimo Dios del verso, se le olvidó guardarnos. Y cuando ya teníamos calefacción y bufanda casi todos, otra vez a pasar frío. A helarnos hasta en el mes de agosto. Y no hay derecho que los españolitos, que somos muchos, tengamos que volver a discernir con la víscera reina “partía” entre una España que calla mucho y habla demasiado a punto de dormirse otra vez. Qué faena y qué cansancio empezar a estas alturas a jugar a las Españas. Esas que tanto sufrió el exilio y esas otras más antiguas que dieran gloria con las picas en alto. Vuelta a las Españas amargas y dolientes. Regreso a un pasado que ya los españolitos machadianos creíamos apagado del todo. Ya ni nos reconfortan los lemas patrios de antes del 98 que tanta desgracia y pérdida hispana nos trajeron, aunque nos dejaran a cambio lo mejor de la literatura y del pensamiento español en esa fuente de agua potable que deberíamos beber más por salud existencial que es la generación noventayochista. Aquí, en esta España que funciona como un viejo tractor, somos capaces de dar un paso de gigante como el de la Transición y, a la primera de cambio, empezamos a pedalear hacia atrás y vuelta la burra al trigo entre surcos de las dos puñeteras Españas del verso. Y otra vez a rememorar la puñalada y la cuneta en cada curva. Dice la Rae que «España» viene de 'Hispania', nombre con el que los romanos designaban geográficamente al conjunto de la península ibérica; término alternativo al nombre 'Iberia', preferido por los autores griegos para referirse al mismo espacio. Menos mal que fueron los romanos. Debería existir otra definición para los españolitos sin casta y sin lindes. Nosotros, los españolitos y españolitas que seguimos escuchando y venerando a Serrat y a Sabina y devorando con gula los versos de Don Antonio e imaginando un viaje con La Barraca de Federico representando obras teatrales de las más españolas de nuestro siglo de Oro, Calderón de la Barca, de Lope de Vega, de Miguel de Cervantes y así… por ciudades y pueblos de España. Y cantando romances como el de los mozos de Monleón que, por cierto, está en Salamanca. Nosotros, los españolitos, queremos nuestro espacio en una España con bandera que no hiera, que no mate, que no robe, que no mienta, que haga piña, que estudie y crezca y que cuide de sus mayores y cure a sus pacientes y vuelva a leer a las fuentes de agua potable. La que bebemos hoy a ambos lados quita la sed, pero no calma. Por tanto, me reafirmo en que soy simplemente un españolito que solo quiere que le dejen vivir en paz. O morir, que también.