Cuando piensan que la consecuencia es la solución
Si alguien piensa o, en su defecto, sospecha que la fusión de municipios es una solución contra el drama de la despoblación es que es un ingenuo o simplemente tiene un desconocimiento de lo que es Castilla y León y su inmensa ruralidad. La fusión de municipios, que es un invento del siglo pasado, no es solución a nada, es sólo la conclusión y la consecuencia de ese mal que todos auguraron solucionar allá en vísperas de las urnas de mayo, pero con el que ahora se da de bruces la arrogancia de tanta campaña electoral. Ni la fusión de municipios ni la digitalización es la solución. Entre otras cosas, porque tiene enorme y difícil solución. Es una realidad imparable que lleva décadas mermándonos y que se ha hecho voraz especialmente en el último lustro, en el que las ciudades, tras su crecimiento en los tiempos de bonanza por absorción de los pueblos del entorno dejaron de crecer en habitantes simple y llanamente porque ya no había nada más que absorber. Lo que quedaban eras gentes ya tan ancianas y arraigadas a su pueblo que solo un dolencia insalvable las sacaría de su aldea. Y así es la realidad. La fusión de municipios arribará como en tantas veces por un orden lógico de la naturaleza poblacional, cuando el ayuntamiento no tenga suficientes vecinos a los que servir y alcalde los necesarios súbditos a los que regir.
Pero el mundo rural sí tiene solución. Nadie va revertir la tendencia. Eso seguro. Pero hay una solución y está ligada íntima y necesariamente a la agricultura y la ganadería. Por la sencilla razón de que es su recurso natural, indeslocalizable y me atrevería a decir que inalienable. Ahí está el ejemplo de las cabeceras prósperas de la pujante Ribera del Duero. Y no todo es vino en Castilla y León, que de todo tenemos.