El estado de la despoblación: de las palabras a los hechos
Ha transcurrido más de un siglo desde que dos literatos de la generación del 98 escribieran sobre Castilla desde puntos de vista muy diferentes. Las dos obras sobre Castilla que escribieron cada uno de ellos tienen ciertos paralelismos, si bien la forma en la que explican su esencia y su naturaleza es distinta.
La primera coincidencia es que las dos están escritas a los pocos años de la entrada en el siglo XX, en 1912, después del desastre de 1898, fecha en la que perdimos Cuba, Puerto Rico y las Filipinas.
La segunda semejanza es que los autores de estas obras que escriben sobre Castilla no son castellanos. Uno era de Monóvar (Alicante); el otro sevillano. Sus nombres son José Martínez Ruiz -más conocido por su seudónimo Azorín- y Antonio Machado.
Ambos abordaron el tema de Castilla, pero desde perspectivas bien distintas. Azorín, en su ensayo sobre Castilla, a través del uso de una frase corta y de sintaxis simple, profundiza en la tradición cultural española (hace reflexiones que surgen -espontáneamente- a partir de pequeñas observaciones del paisaje castellano) e incorpora y medita sobre el sentido del tiempo cíclico inspirado en Nietzsche. Habla de los ferrocarriles, de las ventas, de las posadas y de las fondas, de los toros, de las catedrales, de las nubes, de la cerrera o de la fatalidad que va indiscutiblemente unida a la tierra castellana, dura, sufridora, paciente, leal, templada, austera, honesta, honrada. Toda la evocación -erudita- que hace de Castilla y de sus gentes y bienes es magistral, espléndida, elocuente.
Antonio Machado, con su Campos de Castilla, desde el género poético, canta las virtudes castellanas, el amor a la naturaleza, nos hace partícipes de su palpitar por Castilla con una descripción lírica emocionante. Quién no conoce aquellos versos que han pasado a la posteridad, en los que ensalza las propiedades de los campos de Soria: «Es la tierra de Soria árida y fría./ Por las colinas y tierras calvas/verdes pradillos, cerros cenicientos/la primavera pasa/dejando entre las hierbas olorosas/sus diminutas margaritas blancas».
Los dos autores sacan a relucir el carácter recio y el alma -especialmente- espiritual de Castilla y de los castellanos. No hemos de dejar que se pierdan. Es por ello que hemos de luchar y poner todos los medios que tenemos a nuestro alcance para conservar y potenciar el duende y genio castellano, que tanto bien ha hecho a la propia tierra, a España y a los españoles.
La despoblación no es un problema en sí mismo, sino que es, más bien, una realidad. Ya lo decía Miguel Delibes en uno de sus ensayos titulado Castilla, lo castellano y los castellanos, escrito justo ahora hace cuarenta años, en 1979. En vez usar el término despoblación, él lo llamaba o lo denominaba la lenta pero progresiva desertización de Castilla.
Me pregunto, y hay razones evidentes para ello, por qué durante tantos años la despoblación rural no era una preocupación. Al contrario, todas las decisiones para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos castellanoleoneses ya fuesen culturales, económicas, sanitarias, educativas, etc… iban dirigidas a facilitar el éxodo desde los pueblos a las grandes ciudades industrializadas de la región.
Ante la despoblación a la que hay que hacer frente es necesario un diagnóstico adecuado. Puede servir para ello un libro relativamente reciente titulado La España vacía, cuyo autor -Sergio del Molino- elabora un ensayo histórico en el que da las claves de la situación real de la despoblación en España. Dentro de este espectro, Castilla y León ocupa un lugar privilegiado por la extensión de su territorio -con una superficie de 94.226 km²-, por la densidad de población -26,74 habitantes por km²-, por el número de provincias -9-, de municipios -2.200- y de habitantes -2.400.000-.
Una vez realizado el complicado y complejo análisis de esta situación, queda por proceder a la elaboración de las debilidades y fortalezas, amenazas y oportunidades que plantea la cuestión y el estado de la población en Castilla y León.
En los últimos años se han elaborado múltiples estudios en los que se ha tratado de poner de relieve diferentes y variadas medidas con la finalidad de luchar contra la despoblación de España en general y de Castilla y León en particular. De todos ellos vamos a mencionar dos, que tratan de darnos una serie de pautas para poder enfocar la cuestión de la despoblación.
Por un lado, destacan las propuestas realizadas por los partidos políticos a nivel nacional. En el Boletín Oficial de las Cortes Generales (en su apartado dedicado al Senado) de 17 de abril de 2015, disponible para todos los públicos, se han publicado los estudios y las ponencias de los partidos políticos con representación en esta cámara legislativa para la adopción de medidas en relación con la despoblación rural en España y sus territorios. En ella se pone de manifiesto y se explica la evolución, la situación actual y las propuestas de futuro para contextualizar y poner remedio a la despoblación rural de los territorios españoles, de manera especial de los territorios más afectados, entre los que se encuentra la Comunidad Autónoma de Castilla y León.
Por otro lado, se encuentra el informe de la Federación Española de Municipios y Provincias, elaborado, aprobado y publicado en abril de 2017. En él se contiene una larga lista de medidas para luchar contra la despoblación. Las medidas son muy variadas. Tocan diferentes áreas de actuación: aspectos institucionales y de financiación, economía y empleo, infraestructuras, servicios sociales, vivienda, incentivos demográficos, cultura, identidad o comunicación.
Sin embargo, y sin perjuicio de la buena voluntad de todas estas propuestas, creo que todas ellas adolecen de varios defectos.
El primero de ellos es que los proyectos planteados se han realizado de arriba a abajo y no de abajo a arriba. Me explico. Para que las medidas de lucha contra la despoblación sean reales y efectivas es imprescindible que partan de las personas y de los colectivos afectados o, dicho de otra manera, que los individuos o paisanos y asociaciones vecinales, comarcales, profesionales sientan como propio la revolución y cambio de las poblaciones a las que pertenecen. Es la sociedad civil rural, especialmente el sector agrícola y ganadero, la que tiene en sus manos el profundo cambio que se puede dar en su parcela.
El segundo defecto es la fatuidad y promesas incumplidas de algunos políticos que no han sabido dar, ni hacer frente a esta situación, con medidas legislativas y ejecutivas reales -contantes y sonantes-, comprometiendo parte del erario público, plasmadas en políticas activas que fomenten la población de lugares desangelados, pero que tienen un potencial histórico, patrimonial, religioso, cinegético, turístico y gastronómico extraordinario y que deben plasmarse en actividades propias de las zonas rurales como, por ejemplo, la caza y la pesca, el senderismo y el montañismo, el encuentro con las especies autóctonas de fauna y flora, la vida rural con la tecnología justa para no estar aislados, el trabajo en las labores del campo y recolección de frutos, la espeleología y mineralogía, la micología, el termalismo, la convivencia y trato con los lugareños, así como otras muchas actividades que pueden ser recuperadas de cada zona. Hemos de pensar en aprovechar los recursos naturales, culturales, históricos y medioambientales, convertir lo rural en zona de holganza (privilegio reservado históricamente a reyes) para divertirse, disfrutar y solazarse en fines de semana y vacaciones, en definitiva actividades propias de la vida en la naturaleza.
Se ha llegado hasta el extremo de que actividades tan sencillas que antes formaban parte del día a día de las zonas rurales como la PLP (petanca, lechazo, petanca) -aprovechar el ocio en juegos tradicionales de los pueblos o comer bien-, ya no se pueda realizar en los alrededores de sus casas labriegas sino que tienen que disfrutar de estos sugerentes placeres en las ciudades.
¿Existirá en la próxima legislatura de la Comunidad Autónoma de Castilla y León, que está a la vuelta de la esquina, algún partido político que cree una Consejería de lucha contra la despoblación? Las medidas que se han tomado hasta el momento han brillado por su ausencia. Más que medidas han sido solamente ideas sin presupuesto, porque el resultado ha sido deprimente.
Dice el refrán castellano que obras son amores que no buenas razones. Sobran palabras, charlatanería, faltan hechos, acciones. No nos quedemos en la queja, en el análisis y en la teoría, que aunque sean necesarios no son suficientes para cambiar las cosas. Demos la vuelta a la situación presente como a un calcetín. Comprometámonos con nuestra vida a combatir la despoblación -cada uno con sus capacidades y limitaciones- y exijamos de las Administraciones públicas que tomen medidas ejecutivas y coordinadas que mejoren la vida de los pueblos y de sus vecinos y habitantes permanentes u ocasionales.