Diario de Valladolid
Javier Pérez Andrés

Javier Pérez Andrés

Pagar por probarse y olvidarse

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PUES sí señor: el que quiera probarse en la tienda de abajo y luego comprar por Internet sin llevarse la prenda, que pague. La revolución mediática ha trascendido fronteras. El meollo no deja de ser una presa, con poca chicha y muy volandera. Está dentro del debate cansino sobre el pequeño comercio de interior, el de toda la vida, el de la tienda de la plaza, del barrio… y así. Este dardo sin veneno me da que es solo una ocurrencia y que se argumenta en que muchos clientes se prueban prendas y luego compran por Internet, después de sacar fotos, desde la cremallera hasta el cuello.

Yo propongo, además, cobrar un plus a todos los que compren en el comercio de toda la vida, en el de la tienda de la calle donde nació. Pagar porque no se cierre, por impedir que desaparezca el color y la vida en las calles del centro y del barrio, hoy a merced de una cartelería ajena, de una multinacional que suplantó al negocio familiar, con sus ricas cadenas y sucursales de postín, que son las que hoy ‘marcan la moda’, como rezaba el lema de Soler en los 70. Nosotros tenemos la culpa de dejar morir a nuestro pequeño comercio y que la ciudad esté forrada de carteles de ‘Se traspasa’ o ‘Cierre de negocio’. Adiós a aquellos escaparates en cuyas lunas dejamos muchos la nariz.

Lo que importa es el trasfondo. ¿De qué nos quejamos, si es culpa nuestra? Hemos dado la espalda al pequeño comercio. Somos olvidadizos y desagradecidos. Se nos ha olvidado que el zapatero (en SOS permanente), el panadero (apagó el horno harto de las gasolineras), el tendero, el de la mercería, el de la ferretería y el de la tienda de ropa –todos en peligro de extinción– sabían esperar y que apuntaban lo que habíamos comprado hasta que nuestras madres y abuelas llevaran las pesetas que, con tanto sudor, ganaba nuestro padre o nuestro abuelo.

Estamos pagando las consecuencias de las garras del capitalismo, que nos ha abducido con sus maneras fáciles y cómodas, y con sus aparcamientos, sin darnos cuenta de que hemos matado la esperanza de la calle, la plaza y el barrio. Impasibles, asistimos al final de nuestro comercio. Hemos hecho añicos el cristal de los escaparates. Otra cosa es el talante, la sonrisa, la profesionalidad y la capacidad de renovarse de nuestros comerciantes y tenderos… por las que, a veces, habría que pedir un descuento. Si no cierran antes.

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