La campana del Palacio
VOLVIÓ a sonar la campana en Canedo, que está en Arganza, una aldea que se acuesta en la suave ladera norte de la más cóncava y bella orografía del noroeste leonés, y que mira a La Aquiana, la montaña que tapa a La Cabrera, que está justo detrás. Toque a concejo y campanero. Prada convocaba –ya van diez años– a paisanos y a paisanas que escuchan cada año el tañido de la campana del Palacio de Canedo, que es un lamento por la vieja arquitectura. El berciano vuelve a dar en el clavo. La Fundación que lleva su nombre –y que, desde su germen, es hervidero de conductas cultas– premia a aquellos hombres y mujeres que respetan los rasgos de la tradición a la hora de construir o rehabilitar edificios. Es decir, a aquellos que no han roto el cordón umbilical con lo que les une a la casa de los abuelos de sus abuelos. La Fundación Prada señala a quienes utilizan materiales nobles y potencian un paisaje cultural donde el teito, la pizarra, el mampuesto y la carpintería devuelven, casi intacta, la estampa costumbrista amenazada hoy por el mal gusto, la ausencia de leyes protectoras, la desidia y el olvido.
Hasta la fecha, estos premios a la arquitectura rural berciana han reconocido 300 iniciativas que han destacado por su defensa de una arquitectura vernácula en la olla berciana. O sea, de su propia cultura, pues esas casas encierran las claves de lo que somos. Sin abrir las ventanas de ese balcón, sin esos muros de mampostería cercando el huerto de los pimientos y sin esos aleros de pizarra donde aún se empotran nidos de golondrinas bajo el alero de pizarra, sería imposible explicar historia, arte, geografía, naturaleza, y por supuesto, entender en profundidad el significado de esos grandes titulares que señalan en el mapa las reservas de la Biosfera, los límites de los parques naturales y el ámbito de los espacios protegidos.
La arquitectura rural de esta región es la expresión más digna del territorio. Hablamos de casa, de nuestra casa. De esa vivienda donde nacieron, y llenaron de risas y lágrimas, hambre y miedos, y mucha vida y muerte… los nuestros. De esos edificios que han permanecido casi inalterables varios siglos, hasta que llegó la bombilla y el cemento. Algunos no acaban de enterarse de que todo esto es tan digno como el castillo, la catedral y el monasterio que, dicho sea de paso, construyeron los que vivían en esas humildes casas. Las mismas que este año ha vuelto a premiar la Fundación Prada.