Diario de Valladolid

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CUENTAN por los pueblos de los valles de Amblés y el Corneja que, en tiempos no tan lejanos, se recordaba a los frailes que vivieron en el monasterio del Risco con un dicho. Con él se decía todo: «¿Monje, ¿qué hiciste, que al Risco fuiste?». Es una de esas frases que viaja en la intrahistoria unamuniana y todavía hoy se escucha por los pueblines de esa parte de Ávila. Sobre ella y sobre las ruinas saben mucho los habitantes que quedan, desde Narros del Puerto a Villanueva de Campillo, y desde Amavida a Solosancho. Con ese dicho, envuelto en la voz popular, se describía el perfil de algunos monjes, que terminaban en ese apartado lugar de difícil acceso. Al Risco llegaban los frailes castigados por algo… ¡por eso está donde está! Para el agustino que habitó el convento –que se eleva sobre un risco de enormes granitos– el ‘castigo’ debió ser el paraíso que tenía bajo sus pies, cuando se asomaba a la ventana de la celda y divisaba una impresionante panorámica del Valle de Amblés, con toda su verdura y su geometría ganadera de muros y lindes. Y, todo, lleno de vacas y ovejas. Ellos mismos, los frailes agustinos, obtuvieron grandes beneficios de la ganadería, entre oración y oración, y algún que otro privilegio.

Llegar hasta las violentas y agrestes ruinas del Risco es un recorrido duro, aunque no ofrece dificultad. Allí está la torre en pie –también amenazada–, como un último suspiro agustino que se eleva entre las ruinas con la soberbia del granito. El resto, esparcido por doquier: muros, piedras, arcos desdentados, capiteles deambulando y arrastrándose por la vegetación buscando su columna, paños de pared tambaleándose y ventanas que jamás volverán a abrir hacia adentro.

El Monasterio del Risco es una auténtica maravilla y está en un emplazamiento fascinante. Es un tesoro para senderistas y un acierto para el turismo de la zona. Pero su estado lamentable y su falta de señalización dan coraje y provocan enfado; y su nula promoción turística es incomprensible, al no estar ordenadas las visitas. Que nadie culpe a Patrimonio ni al Ayuntamiento de Amavida ni a los propietarios o vecinos. Es hora de que todos los vecinos de los pueblos de los valles suban con azadas, escobas de piornos y rastrillos, para limpiar y devolver la dignidad al viejo solar de los ermitaños. No quiero oír más veces la cantinela de que la culpa la tuvo Mendizábal, y que por eso las piedras y campanas están en Villatoro. Lo que queda es nuestro. A por ello.

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