Mentira, posverdad y hechos alternativos
Mentir, falsear, hacer trampa son posibilidades de los lenguajes y prácticas humanas, probablemente elementos esenciales en la evolución de nuestras mentes, lenguajes y complejas estructuras sociales. Lo vemos todos los días en nuestras interacciones mutuas: nos equivocamos, decimos a sabiendas que algo es distinto a como en realidad es, ocultamos lo que hacemos para lograr nuestros objetivos. Mentir es pues casi inevitable para nuestra especie, más una necesidad que una excepción. ¿No es esto precisamente lo que ha puesto de manifiesto el presente? ¿No son la proclamación de la posverdad y los hechos alternativos una confirmación de ello?
Responder afirmativamente olvida que las mismas nociones de mentira y falsedad presuponen la posibilidad de verdad. Que el engaño sea esencial para explicar ciertos rasgos de nuestro lenguaje o nuestras sociedades no implica que no haya discurso verdadero, más bien lo contrario. Es cierto que el problema de definir la verdad no ha sido cerrado en la historia del pensamiento. No lo es menos que algunas corrientes filosóficas contemporáneas han cuestionado las concepciones tradicionales de la verdad para terminar derivando en formas extremas de relativismo. A pesar de eso, ni la filosofía ni la ciencia son posibles sin que sea operativa alguna noción de verdad, por compleja que sea la relación que tenemos con ella. La era de la posverdad y los hechos alternativos no se deriva simplemente de la práctica del engaño, por extendido y constitutivo que éste sea, ni como corolario de ninguna doctrina filosófica.
El problema no es mentir, es hacer mentir a las instituciones que socialmente representan la garantía de verdad o propiciar que los canales aceptados para establecer hechos y evidencias lo hagan de manera contradictoria. En definitiva, negar la posibilidad misma de que exista un criterio, anulando la razón y la acción. ¿Quién está en condiciones de hacer eso? Principalmente, representantes públicos y medios de comunicación. Por eso algunos filósofos han considerado que mentir, en ese sentido fuerte, es moralmente inaceptable y por eso la corrupción estructural es incompatible con la democracia.