Diario de Valladolid

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Ahora que ya nos hemos acostumbrado a hablar de la posverdad con cierta resignación, tal vez valga la pena preguntarse cuál es la verdad acerca de ella. Consagrada como palabra del año en 2016, ‘posverdad’ alude a la formación de opinión pública al margen de los hechos objetivos y a partir de apelaciones a la emoción. Implica que lo sentido como verdadero cobra más importancia que lo verdadero, que la mentira con valor emotivo resulta más eficaz, para generar creencias, que los fríos hechos contrastados.

Lo peculiar del efecto de la posverdad, frente al del mero falseamiento de la verdad, es que ésta deja de buscarse, pasa a un segundo plano, porque la mentira emotiva satisface más nuestros ánimos encendidos. El descrédito de las autoridades institucionales y de los medios de comunicación convencionales, junto con el incontrolable potencial propagandístico de las nuevas formas de comunicación social, conforman el terreno abonado para el surgimiento de la política de la posverdad (Eric Alterman 2004) y la posdemocracia (Colin Crouch 2004). ¿Quién podría desear inhibirse de la catarsis colectiva en torno a un atractivo relato posverdadero, para pararse a afrontar el solitario, arduo e ingrato trabajo de identificar las evidencias que podrían legitimar racionalmente el relato?

No deja de resultar irónico que la posverdad se afiance en la sociedad más consciente y dependiente del avance científico de todos los tiempos. Pareciera que hubiéramos olvidado los valores ilustrados en los que se asienta la mejor práctica científica y que afloran en algunos de los imperativos de la ciencia como institución destacados por el fundador de la sociología de la ciencia, Robert K. Merton: la colaboración social desde la honestidad intelectual, la imparcialidad contrastable públicamente y el escepticismo organizado, es decir, el examen de los conocimientos con independencia de nuestras creencias u opiniones. Ciertamente la propia ciencia no siempre está a la altura de dichos imperativos, pero, cabe preguntarse: ¿qué nivel de desarrollo científico tendría nuestra sociedad si las comunidades científicas se permitiesen abrazar la posverdad en lugar de la verdad? ¿Acaso sólo los hechos con relevancia científica merecen ser tenidos en cuenta cuidadosamente y no así los hechos con relevancia política?

En el terreno de las creencias sobre la actualidad falta, sin duda, lo que los filósofos denominan la responsabilidad epistemológica y lo que los psicólogos llaman el esfuerzo cognitivo. Ambas cosas entrañan la revisión cuidadosa de nuestras propias creencias y el examen riguroso de la información disponible, algo imposible sin el control de nuestras emociones. Si a finales de los años 70, justo antes de la eclosión de Internet, el filósofo Paul K. Feyerabend afirmaba que «una democracia es un colectivo de personas maduras y no un rebaño de ovejas guiado por una pequeña camarilla de sabelotodos», hoy podríamos añadir que una democracia tampoco es una masa acrítica arrastrada por un puñado de emociones.

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