Diario de Valladolid

Creado:

Actualizado:

Siempre están en las ferias de los pueblos. Forman parte de una tropa que viene del pasado. Son maestros de la metamorfosis. Sorprende su capacidad para adaptarse a los tiempos sin perder el método ni el ingenio. Son auténticos actores que, a diario, salen a escena para contar una historia escrita con las manos, ocupadas en agujas, tijeras, pinceles, tornos, frascos, gubias, flores secas y plantas vivas.

Es un gremio multidisciplinar que conserva las fórmulas intactas y mantiene el tipo en tiempos de enormes burbujas de cemento y cristal, que solo venden sonrisas de plástico sobre alfombras sintéticas de colorines y música de caja registradora. Ellos, los artesanos, se colocan, venden y ofrecen su trabajo extramuros de la ‘gran tienda’, rodeada de coches; otrora, de carros venidos de todo el reino.

Ya lo escribe el poeta en el doble soportal de la Plaza de Villadiego: «Medita con humildad cuando aquí aparques el coche: si en destreza haces derroche y alarde en velocidad, modera tu vanidad y sírvate de consuelo que, sobre este mismo suelo, cuando llegaba a esta villa, con el cordel a esa anilla ataba el burro tu abuelo».

La familia artesana es el propio ángel custodio del secreto de su existencia, un brebaje místico que, a pesar de los siglos, les permite conservase intactos. Son alquimistas vivos y guardan celosos viejas pócimas, que siguen curando a su clientela –los consumidores del siglo XXI– de la zafiedad, el mal gusto, el consumo desmedido y efímero que se toma en escudillas de cerámica china.

Ellos, los artesanos y las artesanas que vemos en las plazas un día de mercado, son el contrapunto de la sociedad que nos ordena. Construyen sus objetos, adornos, regalos y cacharros con materiales limpios que ahora llaman ‘sostenibles’. Y, como antaño, trabajan piedra, troncos, madera, metales, barro, arcillas, cuero, cristal y mimbres.

Siempre, a su lado, el fuego, el agua y sus manos, que son la maquinaria de crear. Las nuevas tecnologías entran muy despacio y apenas unos pocos innovan, por imperativo creativo y porque la tradición debe acentuarse con lo contemporáneo para que no se oxide. Lo mejor de todo es que, cuando les pagas por lo suyo, les miras a los ojos y sabes que sus manos lo construyeron. La artesanía es el último eslabón de una cultura que resucita solo el día que hay mercado en la plaza. No elogiemos tanto su arte y comprémosles más para que no desaparezcan.

tracking