Atentos al reloj
ENVIZCADOS con la camandulería creciente del barullo catalán, que está donde estuvo y sin atisbos de mejora, dejamos que se consuman los días sin abordar asuntos urgentes, cuyo abandono nos va a depositar en la intemperie, mientras cada grupo político de las Cortes se entretiene con su propio macramé, que además pretende convertir en propuesta colectiva. Acaba de pasar con la historia recurrente y siempre mal calibrada de los aforamientos, casi una singularidad española, al menos con ese alcance en el reparto de corazas.
Pero más allá del merodeo por los andurriales del cogollo, que expresan el impacto de lo sucedido en Cataluña sobre los partidos constitucionalistas, tenemos el repertorio de nuestras prioridades sin abordar, dispuestos a ir dejando pasar los meses, hasta consumir la legislatura. Un ejemplo de insoportable desdén parlamentario, en el que cotizan sin distingos todos los grupos (opositores, cooperantes y de gobierno), es la Ordenación del Territorio, cuya carta europea se aprobó en Torremolinos hace 35 años. Pongo la fecha para evitar el equívoco que mantiene su tramitación a medias, porque no es una ocurrencia ingeniosa de su impulsor, José Antonio de Santiago-Juárez.
Así que aplicarle la patada a seguir mirando para otro lado, tendrá consecuencias graves para una Comunidad ya en vísperas de colapso de sus servicios esenciales. Todos los países desarrollados cuidan con esmero el despliegue de servicios por el territorio. El catedrático Antonio Reguera ha estudiado su evolución en la España contemporánea y los anhelos del despotismo ilustrado, que tanto se parecen al ensueño de algunos presidentes de Diputación actuales, cuyas trabas dieron el primer parón a una ley que pretende mejorar y garantizar la prestación de servicios a los ciudadanos, vivan en las urbes o aguanten en los pueblos. Aquel revuelo de los populares provinciales, que acabó por prosperar en su grupo de las Cortes, apenas escondía el reproche a la Junta por desarrollar una de sus competencias exclusivas.