Cada 25 de diciembre
SEGÚN como se mire las Navidades son unas celebraciones antisistema. Ya saben, aquella okupación de un portal, en Belén, eso sí, de modo transitorio y por la justificada necesidad de un parto inminente. Los intrusos, conforme la iconografía tradicional, cumplieron, ex lege, pulcramente la normativa paritaria (que no de paritorio): un varón y una mujer, en el lado humano; un buey y una mula, en el de las bestias. En aquellos tiempos no había noticia de drag queen alguna. Vallecas es Vallecas, aunque su equipo de fútbol fue propiedad de Ruiz Mateos, y mientras se inyectó pasta nadie dijo esta abeja es mía.
El caso es que, desde hace más de 30 años, cada 25 de diciembre nos reunimos un grupo de amigos en el vallisoletano Pinar de Antequera. A las once de la mañana. Llueva o nieve. A dar patadas a un balón, no tanto por la virtudes futboleras de la panda, sino por aquello de entrar en calor. No cantamos ni un villancico, pero damos una nueva puntada a esa prenda de la amistad que tan bien sienta. Alguno de los padres que entonces venían faltan, del mismo modo que hay nuevas incorporaciones que prorrogan apellidos y mejoran el toque al esférico.
Hay quien odia la Navidad. Quizá por pura pose ideológica (cada cual es libre de adorar a su propio ídolo, aunque no niego lo simpático de los sumisos y fervorosos fieles de lo anti, siempre tan coherentes…) o por la palada de nostalgia que se nos viene encima algunos días. Odiar no produce nada beneficioso, pero es gratis y tiende a la autojustificación de quienes hacen de su existencia un calendario de vómitos por semanas. 2018, ahora kilómetro cero, es el año en el que podemos recordar que hace medio siglo ETA asesinó a su primera víctima. El franquismo era la coartada de su inquina supremacista y totalitaria.
Solo sé que estos días, con la familia y los amigos cerca, resulta más fácil desentrañar algunos misterios y disfrutar del frágil regalo de la vida.