Carta al señor del castillo
HE escrito una carta a los Reyes Magos con el tiempo suficiente para que el destinatario del regalo que solicito esté preparado, tome nota y se impregne del espíritu de la Navidad. Por descontado que no voy a pedirles que llegue la paz para todos, ni que haya justicia en la Tierra, ni que se detenga el cambio climático, ni que se acabe la tragedia de la inmigración, ni que dejen de mandar los de siempre, ni que se acabe la corrupción. Simplemente no lo haré porque soy consciente de que todo ese virus endémico es una costra pegada a la sociedad en la que vivo, con la que conviviremos unas cuantas generaciones más.
Mi carta, que casi es un cuento de Navidad, tiene que ver con un pequeño cerro que se eleva sobre la inmensa llanura de la Tierra de Campos palentina. Se trata de un promontorio anclado sobre la pequeña población de Torremormojón, a cuya cima seguimos subiendo unos pocos enamorados de las puestas de sol y de los increíbles amaneceres que desde allí se contemplan. Pues bien, en esa secuencia del paisaje sobresale la silueta de una construcción. Fue un importante castillo, con su foso y su torre, su mazmorra y su señor feudal. Hoy es una tesela del mosaico de nuestra historia medieval y, desde hace décadas, son solo unas ruinas a las que se suma un gigantesco palomar de adobe que las circunda. Sus nidales descarnados a la intemperie ahí siguen, visitados muy de vez en cuando por alguna paloma despistada. Aquí quería yo llegar, pues pido a los Reyes Magos que el propietario de la ruina –nuestro histórico castillo, que está abandonado y a la intemperie, y sin ningún otro fin más que morir de indignidad– se la regale al pueblo que tiene más abajo, permitiendo una intervención ahora que, precisamente, se va a construir un mirador a pocos metros.
Hubo un tiempo en el que los hombres ricos se volvían buenos donando edificios y tierras al común. Por eso escribo esta carta, para ver si reblandezco al señor del castillo y, de paso, a tantos propietarios de monumentos abandonados, que siguen dejándolos morir, indignamente, solo porque la ley les asiste. Y, encima, ellos nunca están cerca de su propiedad pues, paradójicamente, viven a miles de kilómetros de ella. El caso es que hay bienes que deberían no tener más dueños que el común. Pero ahí no me meto…que me sacan.