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FUE en 1993. El director colombiano Sergio Cabrera se alzó con la Espiga de Oro de la Seminci con su película La estrategia del caracol. Un certamen que, precisamente en esta semana, se celebra en Valladolid. Una Seminci, por cierto, que junto con la Semana Santa me hacen siempre pensar en dejar de utilizar el coche, porque hasta que llego al garaje pasa más tiempo que si aparcara en el alfoz metropolitano.

Recuerdo que vi ‘La estrategia del caracol’ en un pase para periodistas y colaboradores que organizó El Mundo. Y recuerdo que me gustó. Era algo así como un manual del arte de retrasar, entre lo dramático y lo cómico, lo irreversible. En el ámbito de la justicia penal las dilaciones indebidas atenúan la condena… Es más, en algún juzgado de instrucción la dilación es tal que cuando el asunto aterriza en el superior para ser juzgado la causa ha prescrito.

Las peripecias, ocurrencias, desgracias y momentos de simpática ocurrencia se entremezclan en una película que convenció al jurado profesional de la Seminci, y también al jurado popular.

Una lentitud necesaria, obligada, que bien pudiera escucharse como banda sonora del actuar del Gobierno de España en relación con la deslealtad a la democracia de las instituciones políticas catalanas. Ralentización obligada pues Rajoy sólo actúa en modo caracol, y porque sólo con determinados hechos (ilícitos) consumados se puede tomar determinadas medidas legales.

Eso sí, si el momento de aplicación del artículo 155 de la Constitución ha requerido paciencia y la consumación de los delirios políticos, su contenido y eficacia sólo pueden sustentarse en la firmeza.

Frente a las nuevas religiones que son los nacionalismos, cuya programación mental otorga carácter sagrado (y por tanto no susceptible de ser adverado por la razón) a la independencia, sólo caben la razón y la Ley, caiga quien caiga.

Mientras tanto, el míster Guardiola, apóstol virgen y mártir del catalanismo radical, demuestra que el fútbol es, ante todo, un ejercicio de cintura hacia abajo.