Territorio de acogida
Una de las constantes de Valladolid, a pesar de la crisis, es la aparición de nuevos establecimientos hoteleros en sus calles, un bullicio que confirma su pujante centralidad y su indudable vitola hospitalaria. Sin embargo, pasan los años y no acaban de cuajar los proyectos de más empaque. Quizá sea el sino de una ciudad que, teniendo entre sus naturales al creador de los Paradores nacionales, nunca llegó a contar con una instalación de ese rango. El mismo que regaló a sus paisanos la Casa de Cervantes. Y eso que Benigno de la Vega Inclán (1858-1942), comisario regio de Turismo con Alfonso XIII, desde el principio de la red en Gredos tuvo el propósito bullente de ubicar un parador en San Benito.
Aquel proyecto se recuperó en los sesenta, durante la Primavera de Fraga, pero finalmente tampoco pudo ser. Y ahora ya no está el horno para esos bollos, después del ajuste de la crisis. Castilla y León cuenta con quince establecimientos de la red de Paradores, pero ha asistido a la clausura de otros doce. Ni más ni menos que una docena de cierres. En ese lote, tiene dos de los cuatro primeros paradores, incluido el pionero, que fue el de Navarredonda de Gredos (1928). Antes de la muerte dulce que presagia el anuncio de los cierres estacionales, se despidieron los de Almazán (situado entonces en la autopista del rey, entre Madrid y San Sebastián), Medinaceli y Santa María de Huerta, en Soria; Aranda de Duero, en Burgos; Monzón de Campos, en Palencia; Villacastín y Pedraza, en Segovia; Madrigal de las Altas Torres, en Ávila; Fuensaldaña, en Valladolid; y La Bañeza, Riaño y Pajares, en León.
Paradores, albergues y hosterías, que de todo hubo. Pero el récord de fugacidad lo tiene sin duda el parador del castillo de Fuensaldaña, inaugurado en los albores de la transición por el ministro que anunció la muerte de Franco, León Herrera Esteban. Después del piscolabis oficial, nunca más se llegó a abrir. Ahora sólo nos queda Tordesillas, de la quinta de 1958, como los de Ribadeo y el Rey Malabo de Guinea.