Diario de Valladolid

Creado:

Actualizado:

CADA año, los pueblos del Oeste peninsular, donde los montes no arrojan un provecho contable inmediato para sus habitantes, asisten atónitos y aterrados a la voracidad de los incendios provocados, cuyas llamas la sequía convierte en más temibles. Hace un siglo, «el hombre malo del campo y de la aldea, que bajo el pardo sayo esconde un alma fea», taló «los robustos robledos de la sierra», dejando un paisaje de «llanuras bélicas y páramos de asceta, por donde cruza errante la sombra de Caín». Son versos que expresan la ira del poeta Antonio Machado al llegar a Soria, en 1907.

Hasta entonces, los pinares de Urbión ardían cíclicamente, quemando sus pueblos, en una secuencia de incendios detallada en los dinteles de sus casas rehechas. La última cisquera tuvo lugar en 1919 y alcanzó a Salduero y Covaleda, afectando a 58 viviendas. Una tragedia similar a la reciente de Pedrógao Grande, en el Portugal profundo, pero sin vehículos con los que meterse en la ratonera. Los incendios han quedado para el Oeste, donde la costumbre sigue quemando los montes para favorecer el brote de pastos, y para las zonas costeras, donde se eliminan bosques para levantar urbanizaciones.

Las zonas que Machado maldijo con sus versos pasaron décadas y décadas sin ningún nuevo incendio. Porque los rendimientos madereros o piñoneros del bosque hacen que su lecho se mantenga limpio con cuidados permanentes y que el vecindario lo vigile de las imprudencias de los urbanitas y de la tentación del «hombre malo del campo y de la aldea». Porque los incendios debidos a causas naturales siguen siendo irrelevantes, incluso en el Oeste peninsular.

Así que al margen de la vigilancia, que siempre puede extremarse, las responsabilidades prioritarias corresponden a Medio Ambiente (lo que se refiere a la limpieza invernal y repoblación con especies autóctonas), al Seprona (cuanto afecta al esclarecimiento de los incendios y detención de los culpables) y a los jueces, que con frecuencia dictan condenas escasamente ejemplarizantes. Porque las sentencias tienen que ser justas, pero además ejemplarizantes.

tracking