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LAS FESTIVIDADES navideñas se asocian, mental y monetariamente, de modo indefectible, al consumo. El parpadeo de las luces de nuestras calles es el guiño para que pasemos por caja. Todas las asociaciones de comerciantes deberían tributar en Belén, aunque sólo fuera estas fechas.

El consumo, lo venimos escuchando y leyendo los últimos años, es el motor necesario para la recuperación económica. Motor e indicador de que las cosas mejoran, de que la ciudadanía tiene unas monedas disponibles para sobreponerse al gasto de lo imprescindible. Causa y efecto. Se gasta en lo que se produce, y mientras las máquinas agoten turnos la sociedad tendrá un aparente buen estado de salud.

Otra cosa es el sentido del consumo, su proporción y sus efectos sobre cada ser humano. Cada Navidad, es cierto, asoma una reflexión existencial por la ventana reservada para que, en la noche del 5 al 6 de enero, los Reyes Magos dejen sus regalos. En cada hogar, en cada familia, se pasa lista. Los que están, los que faltan, los que acaban de llegar o están en camino…

La vida se consume a sí misma y da lo mismo que el protagonista mida el tiempo en un reloj de arena o lo haga con la altiva mirada que se proyecta sobre la esfera y las manecillas de un aparato de la más sofisticada y cara tecnología suiza. Tic-tac…

Y no es descabellado pensar que, para evitar darle demasiadas vueltas al casi inaudible golpeteo del segundero, que gotea impasible e impío sobre el calendario que va devorando, el consumo de productos, cosas, cachivaches y casquería plástica diversa ejerce los efectos de una nueva religión desbocada, que muestra sus versículos impresos en el ticket de compra. Es un texto sagrado sobre el que se aplica el IVA.

Nos vamos consumiendo sin saber muy bien, al menos de vez en cuando, quiénes son los que nos rodean, sin facilitarles que expresen la esencia de su vida. El prójimo ha quedado sustancialmente sustituido por la tecnología, preferentemente si ésta tiene teclado. Ya, ya… negarse a los avances sería absurdo. Aunque más lo es consumir teléfonos móviles y haber dejado de escuchar la voz de nuestros ‘contactos’.