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MIENTRAS LA duda persiste en atinar dónde se va a equivocar esta vez el CIS, lo más probable es que acabe hocicando donde ya naufragó en diciembre. Es decir, empujado por el afán de complacer a las amistades de sus cocinillas, que le ha llevado otra vez a atribuir los dos diputados sorianos y los tres abulenses al Partido Popular. Lo perverso es ir comprobando cómo manejan sus datos las diversas consultoras que proveen la demanda demoscópica en esta época de expectativa. Sin escrúpulos ni decoro. Y también sin enterarse que los votantes no cambian su elección, si no es para engañar a quien pregunta.

Donde no cabe mucha tarea es con las pesquisas de León, un recinto electoral deshabitado y en mengua por la tenacidad de las podas. Pero a nadie puede sorprender esa merma, después de años asistiendo a la agonía por asfixia de nuestros valles mineros. Así que llegamos a las urnas de junio fiados en que su disputa nos alivie lo que queda de 2016. Hace cuatrocientos años, el maestro Miguel de Cervantes nos dejó el aviso reiterado de que las pendencias muy reñidas suelen dejar como colofón firmes acuerdos: «Riñas de por San Juan, paz para todo el año dan». Dos veces lo escribió en sus entremeses: En El juez de los divorcios y en El viejo celoso. Claro que también advirtió el maestro del sentido común (en La Gitanilla) cómo «traer tragado que no han de dar nada, ahorra la fatiga de esperarlo».

Que nadie venga a engatusarnos estos días con pregones, tampoco nos debiera rebrincar. Zapatero bajó al barrio de la Victoria de Valladolid, a pregonar con Sánchez, mientras hasta Camponara ya llegó Bono, otro de sus tunantes con Iglesias, a quien invitó «que se apunte al PSOE». Quizá no se le ocurrió decírselo cuando cenaban juntos en comandita. Álvaro, Sócrates, Elías y Daniel, los cuatro mineros encerrados desde el lunes de San Antonio de Padua en un pozo de la Hullera, son gente de una pasta muy distinta. Ellos no trafican en comandita. Reclaman un poco de dignidad en el despojo. Que el gobierno cumpla sus compromisos para el cierre de la Hullera y entretanto que les alejen a los buitres que ansían sus casas de toda la vida.