El humanista cercano
LUIS Díaz Viana es desde siempre compañero de columna en este diario y desde ayer Premio Castilla y León de Ciencias Sociales y Humanidades, por su dedicación al estudio de la cultura popular, frecuentemente orientado hacia nuestra Comunidad. Luis es zamorano del 51 y vive en Viana, junto al Cega, hace una veintena de años. Desde su asiento en Viana, trabaja para el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, dedicado a la antropología, pero nunca ha roto su vínculo residencial con nuestra tierra. Sólo durante su etapa como profesor visitante en Estados Unidos, donde estuvo un curso completo. A la vuelta, enseñó un año en Soria y después en la universidad de Salamanca, mientras ponía en marcha el organismo autonómico dedicado al estudio de la cultura popular.
A ese tiempo corresponde el galardón nacional Marqués de Lozoya, junto al que permanece el testimonio de sucesivos congresos de antropología, cuyas actas proyectan la lectura más atenta del sustrato tradicional de Castilla y León. La dedicación antropológica de Luis Díaz Viana ofrece títulos tan sugestivos como Imágenes de una identidad (1997), Los guardianes de la tradición (1999), El regreso de los lobos (2003), Cancionero popular de la guerra civil (2007), Leyendas populares de España (2008), ¿Dónde mejor que aquí? Dinámicas y estrategias de los retornados al campo en Castilla y León (2013) y Visiones sobre la unidad y diversidad de España. Una mirada desde Castilla y León (2016).
Aparte de esta dedicación profesional, Luis ha sido fiel durante ocho lustros a su actividad poética, que revisó y agrupó en 2015 con el título En honor de la quimera, que resume las cosas por las que siempre merece la pena luchar. Prologado Luis Alberto de Cuenca, pone de relieve una trayectoria singular, cuyas fuentes no fueron las habituales de sus colegas. La novela Los últimos paganos (2010) obtuvo el premio Ciudad de Salamanca y vino a redondear la figura intelectual de Luis. Se desarrolla en Nivaria, una villa romana próxima a Coca, que bien pudiera ser Almenara. En ese espacio que surcan el Cega, el Eresma y el Adaja, los patricios pinariegos permanecen ajenos al fin de su mundo.