Diario de Valladolid

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CUANDO Teresa Rodríguez, líder de Podemos en Andalucía, comparó hace unos días al delincuente violento Bódalo con el poeta Miguel Hernández comprendí, más si cabe, que la incultura, junto con la ideología, pueden barrer, en una sola frase, todas la virtudes de la democracia. Que yo sepa, el autor de versos tan conmovedores como el que dice «como el toro he nacido para el luto», no se distinguió por agredir a una embarazada ni por mandarla a «fregar platos». Supongo que la gorra del Che (ahí coincido, porque la horchata es una de mis debilidades) supone una eximente total para sus delitos. El totalitarismo vive, en gran parte, de la estética.

Me apetece tanto un gobierno en el que se integre Podemos como que hubiera alcanzado el ejecutivo nacional Blas Piñar. Nada de nada. Los sectarismos totalitarios arruinan la convivencia y pudren los estímulos de crecer en común.

Como la política no deja de ser una competición, y ganar y perder está arraigado en el ser humano dentro del negociado de la supervivencia, los partidos de verdadero espíritu democrático tampoco son ajenos a las contradicciones. La vicepresidenta en funciones del gobierno de España, la vallisoletana Soraya, recordó a orillas del Pisuerga que aún queda mucho por superar en la crisis. Hace unos meses veía el vaso medio lleno, ahora medio vacío.

Es normal. Las ideologías son clubes de fútbol. Y el descenso a segunda es duro. Se tarda al menos cuatro años en poder ascender. U ocho. El varapalo de los anunciados cierres de Lauki y Dulciora, dos empresas clásicas del delicado tejido industrial de Pucela, animan a Santamaría a recodar que la crisis sigue teniendo buena salud, para dar a entender que ellos, el PP debe seguir gobernando para terminar la tarea inicia. Lo hace, además una ciudad en la que gobierna el PSOE con la ayuda de los amigos del tierno Bódalo.

Mientras a los partidos que respetan la libertad y los valores democráticos les preocupe más buscar culpables que esforzase en lograr soluciones, aunque no se sometan al filtro de sus dogmas, la sociedad seguirá pagando muy caro sus actitudes resultadistas.

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