Diario de Valladolid

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EL 33 CUMPLEAÑOS del Estatuto de Autonomía culmina el domingo con la jornada de puertas abiertas de las Cortes, después de una semana dedicada al análisis profesoral de sus reformas y a la pesquisa del nuevo período que se abre. Jornadas de reflexión y debate en un edificio regido por la transparencia, que aspira a convertir sus muros en ventana donde se proyecte día a día el pálpito de la Comunidad más variada y diversa de Europa. Estos días, las Cortes han acogido la lección de constitucionalistas eximios y la confidencia de quienes protagonizaron sus anteriores reformas. Los actuales portavoces y los periodistas más atentos a la actualidad del hemiciclo han compartido el ejercicio de vislumbrar qué orientación aplicar a la nueva reforma estatutaria en el momento en que las Cortes cuentan con la representación política más diversa de su historia. Echar la vista atrás, para evaluar el repaso de anteriores mudanzas, es un ejercicio cargado de melancolía. Las hubo insignificantes, anecdóticas y ambiciosas, hasta culminar la más solvente en las vísperas del invierno de 2007. La única chafada, por cierto.

Para quienes llevamos media vida en este tajo, resulta imposible olvidar la provisionalidad del texto fundacional de 1983, cuyo título enmendaba el articulado. Sin duda, el apresuramiento de las consultorías madrileñas que adobaban Estatutos a demanda, durante aquel invierno de 1983, hizo que los amanuenses jurídicos del encargo atropellaran el buen nombre de la nueva Comunidad bimembre, a pesar de los pactos vernáculos alcanzados para su articulación. Al ser los últimos en llegar al Boletín, nos aplicaron el vínculo manchego del guión. Un pesado lastre de aquel tiempo en que los centristas se despedían de sus funciones preautonómicas sin que el relevo acabara de llegar. Así que las labores de tránsito se iban haciendo con el descuido de los ocupantes y la acreditada indolencia de quienes carecían de expectativas razonables de relevo. Hoy hace 33 años el Boletín Oficial del Estado publicó el que iba a ser el último de los estatutos autonómicos en nacer. Y el pobre no sabía ni siquiera su nombre. Porque nadie tuvo la cautela de arropar su bautizo.

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