Diario de Valladolid

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RABANALES es un pueblo grande en medio de la despoblación alistana. Populoso y, aun en días de agobiante pesimismo, con visos de prosperidad. En sus alrededores se alzan los tesos de cuatro castros prerromanos, de donde salieron las numerosas estelas empotradas en los muros de la iglesia y en paredes repartidas por el pueblo. Pero el primer punto de interés para el viajero se encuentra en su plaza, presidida por la iglesia del Salvador. A ella asoman el colegio, la nueva casa consistorial y varias oficinas bancarias. La gente emprendedora de Rabanales ha sabido prestigiar la categoría de la carne que alimentan sus pastos y ha convertido las setas que brotan por su entorno en delicia de gourmet.

Entre Mellanes y Rabanales se aprecia con nitidez la división del terrazgo en cortinas. La iglesia es un edificio del gótico tardío ponderado por un juvenil Gómez Moreno, que llegó al pueblo en mulo para hacer el Catálogo Monumental de Zamora, pero se ve muy enfoscado y con trastornos de reformas tan bienintencionadas como absurdas. Con tanto revoco, apenas se aprecian los sillares romanos con los que fue construida. Tampoco resaltan como debieran las estelas incrustadas en sus muros. Pero lo que acerca al viajero hasta Rabanales es la curiosidad por comprobar que siguen en su sitio los falos de piedra situados junto a la cabecera de su iglesia.

A ellos acudían las mujeres alistanas que buscaban descendencia en un ancestral rito de fecundidad. Aunque no son los únicos de la comarca. También en Ufones hay otro mojón de la misma apariencia cerca de la iglesia. Y ahí están, imponentes en su desmesura y entallados en la base por sillares que los afianzan y sostienen su enhiesta verticalidad. Un árbol plantado junto a ellos protege y disimula tamaña desnudez. El antropólogo Francisco Rodríguez Pascual los considera de procedencia romana. En cualquier caso, es indudable su vinculación con ancestrales ritos de fecundidad. Los antiguos apreciaban estos falos de piedra como amuleto que preservaba de temibles maleficios, pero sin darle un significado obsceno. Sería más tarde cuando algún eclesiástico descargó su ferocidad contra ellos, apodándolos nabos del diablo.

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