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LAS tinieblas cubrieron la ciudad de la luz. Occidente se oscureció por unos momentos. Y al día siguiente, los tertulianos de las televisiones, esos oráculos de la sobremodernidad, debatían sobre el origen aún desconocido de los culpables de la horrible masacre ocurrida en París, para así intentar desentrañar las últimas motivaciones del horror. Si eran franceses o no, sirios o magrebíes. Y los expertos categorizaban grupos posibles de terroristas: miembros de cédulas internas, retornados de las guerras mantenidas por el Estado Islámico, frustrados que quisieron ir a participar en las mismas y no lo consiguieron.

Siendo ello importante no es lo fundamental. Y buscar en la pertenencia de los asesinos a una u otra de esas categorías claves con que explicar lo sucedido probablemente resulte –además de inútil– tendencioso: me estoy refiriendo, por ejemplo, a la tentación de identificar islamismo con terrorismo y a éste con el riesgo que supondría la acogida a los refugiados –precisamente– de ese mismo terror. Porque lo que se juega en el fondo es una pugna entre modelos de sociedad y de mundo.

No deberían de cambiar, en este sentido, los cauces por los que la gente salga, entre, viva y disfrute de la vida. De manera que, si verdaderamente se ha tenido que exilar de su país buscando libertad, sea –por supuesto– bien recibida en Madrid, Valladolid, Castilla y León o cualquier rincón de Europa. Pero esto no quita para que se extreme el cuidado en controlar quién llega y –sobre todo– quiénes y a cuáles venden o compran armas en nuestros propios países.

Pues lo más grave y a lo que habrá que buscar solución es a la desorientación, cerrilidad y fanatismo que mueve a gente tan joven no ya a mostrarse extremadamente cruel con franceses, ingleses o españoles, sino con la humanidad misma; contra la tranquilidad, la alegría, la felicidad de todos los demás. No se trata sólo de una guerra –que en cierto modo también–: estamos ante auténticos crímenes de lesa humanidad.