Monarcas de Castilla
SI algo distingue a los navarreses de los pueblos y villas colindantes es su sabiduría para sacar provecho de la casualidad. Porque lo llevan ejerciendo durante siglos y siempre les ha salido bien. Cuando el fracaso de las Comunidades empujó la decadencia de Medina del Campo, Nava se sacudió el apellido y tentó a la Corona hasta conseguir su emancipación de la Villa de las Ferias. Ya entonces era una población rica, capaz de pagarse el capricho de su independencia. Además, sus bodegas guardaban los caldos que más gustaban en la Corte. En realidad, por entonces el agasajo cortesano de la Nava no se reducía a aquellos vinos que Tirso de Molina llegó a bautizar como ‘monarcas de Castilla’, sino que incluía los deleites de la dulcería. Así que en unos pocos años se convirtió en villa y ostentó el apellido del Rey.
Tres siglos más tarde, coincidiendo con las vendimias de 1868, el Ayuntamiento celebró la caída de Isabel II adoptando solemnemente el nombre de Nava de la Libertad. Pero la nueva denominación no llegó a cumplir el sexenio: el 5 de marzo de 1874 se repuso el apellido regio. Atraído por el rótulo, pero sobre todo por sus vinos, visitó la villa el rey Alfonso XII durante las vendimias de 1877. Llegó en tren, acompañado por Cánovas y por el duque de Sexto. El camino hasta el consistorio estaba engalanado con arcos florales, pero el monarca prefirió hacer el recorrido en coche después de entretenerse un rato largo en la bodega del marqués de Viesca. Luego, de vuelta a Madrid, concedió aquel diciembre a la villa el título de ciudad.
Y se quedaron con esa vitola urbana, que ahora lucen con orgullo. La misma pericia les sirvió para adornar la procesión de la Virgen. El 30 de noviembre de 1745, la lluvia obligó a retrasar la bajada de la Virgen desde la ermita del pico Zarcero hasta la parroquia de los Santos Juanes, de manera que hubo que iluminar el recorrido con hogueras y antorchas de pez y esparto, a las que la gente bautizó como pegotes. La vistosidad del traslado consagró para siempre la procesión nocturna, que lleva a la Virgen en una urna tirada por caballos.