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AL final llegó el día fatídico. El de las elecciones autonómicas de Cataluña, que no otra cosa son estos comicios, al menos formalmente; y si nos atenemos a la letra, no deberían de ser nada más, aunque muchos se han dejado llevar por la música secesionista con la que los adalides del soberanismo han querido interpretarlos.

Hablar de nacionalismos desde tierras castellanas (y leonesas) siempre es complicado. En primer lugar, porque son bastantes quienes, desde su etnocentrismo recalcitrante, toman aquí esa actitud displicente según la cual los problemas nacionalistas atañen a otros (esas provincias periféricas de Cataluña y Vascongadas); como si se tratara de algo que es solo su problema, del mismo modo que notamos el acento de los que hablan castellano en los demás y estamos convencidos de que nosotros hablamos sin él. No obstante, tanto esa idea de que Castilla y León no tiene conflictos de identidad (o ni siquiera conciencia regional) como de que ello ocurre porque constituye un todo monolítico y monolingüe, resulta ser –a poco que se indaga– algo inexacto. Primero, porque somos una Comunidad que incluye territorios tan diferentes como las gentes que la habitan y tan dispares como las tres lenguas –castellano, asturleonés y gallegoportugués– que en ella se siguen hablando (aunque esta realidad sea a menudo soslayada). Y, en segundo lugar, porque suele ignorarse que el «traje autonómico o regional» que une a Castilla con León –y a ambos con algunas de las provincias que formaron estos antiguos reinos– dista bastante de haberse acabado de zurcir o de parecerle cómodo a todos los que están dentro.

De manera que el tantas veces denominado desde nuestro entorno como «problema vasco o catalán», es asunto nuestro también y –en muchos sentidos– «nuestro problema». Cuando esto llegue a ser entendido desde todas las identidades y nacionalismos que integran «lo español», será seguramente menos arduo entenderse con otros. Más fácil quedarse en España y menos tentador alejarse o salirse de ella.