Tenacidad del disidente
SE cumplen los 40 años de la muerte de Dionisio Ridruejo (1912-1975), en la antesala de la transición. Aunque fue el primer falangista en apearse del provecho, tardó tres lustros en desligarse del todo y la purga de aquel error inundó toda su vida. Había nacido en El Burgo de Osma (Soria), en una familia de comerciantes y prestamistas, pero la muerte temprana del padre lo privó de esa ventaja y alejó a su madre del negocio. Estudió con los jesuitas en Segovia, en Valladolid y en Madrid, antes de ingresar en el Real Colegio del Escorial, para cursar derecho con los agustinos. Militante falangista desde 1933, cuando Foxá le presentó a José Antonio en La Granja, cuatro años después era jefe provincial de Valladolid.
De esta etapa bélica junto al Pisuerga evoca en sus memorias los afanes forestales por repoblar las laderas de los cerros, que tendrían que esperar veinte años, y la herencia jonsista de Onésimo, cuyo encaje en la Falange no siempre resultó fácil. Acaso lo más curioso de sus pretensiones de aquel tiempo fuera el intento de comarcalizar la provincia, un empeño que explica con detalle. «La idea era tomar la comarca natural como primer núcleo político para saltar desde él –incluso haciendo abstracción de los límites provinciales– a la región de características más o menos nacionales y de ahí, federativamente, al Estado». Ya urgía la Ordenación del Territorio. El proceso de su evolución personal desde el fascismo a la socialdemocracia lo refleja en sus memorias con una sinceridad a menudo inclemente.
El poeta Ridruejo transitó desde la cantería clasicista de los sonetos hasta la confidencia jugosa de los versos finales de sus estancias docentes en América. Este Ridruejo último, que decanta la revisión de su poesía o apura la traducción de El cuaderno gris de Pla, con plena conciencia de sus pasos postreros, ya ha dado a la imprenta su obra mayor, los dos volúmenes monumentales de Castilla la Vieja (1973-1975), una de las cumbres de la literatura viajera.