Sombra Leal
PARECÍA que ibas a estar siempre aquí, entre nosotros. Pero sabíamos que no. Cuando te traje a casa abultabas poco más que la extensión de mi muslo. Tu discreción fue en todo momento total, de manera que nunca te hiciste notar, como aquéllos que ya se tienen que hacer presentes desde pequeños y casi siempre para lo malo. Presencia peluda, sombra leal, tú pasabas casi desapercibido pero llenabas el vacío y desterrabas la soledad de nuestro lado.
Cuando me sentaba a escribir venías de una alfombra a otra sólo por hacerme compañía y te tumbabas junto a mí, hasta que yo terminaba la tarea, por tarde que se hubiera hecho. Y despedías conmigo el último brillar de las estrellas. Fuerte como el árbol de las pampas argentinas evocado por tu nombre, Seibo, has llegado hasta el fin resistiendo el paso cada vez más insoportable del tiempo y los hachazos del deterioro que nos acechan a todos. Tuviste una buena vida, porque pasaste los primeros días entre caricias de chiquillas y has vivido la mayor parte de tus años entre árboles y pájaros, junto a un río de Castilla, el Cega, que se nos va constantemente de la vista, como la propia existencia. En tus últimos minutos otra niña te acompañó y lloró. Feliz tú, que fuiste sin duda bendecido por los dioses y no has conocido más sufrimiento que el estrictamente inevitable.
Parece que –según proponen algunas teorías– sin la compañía de lobos como tú, mejores depredadores que nosotros y, en muchos aspectos, mejores y más colaborativas «personas», no nos hubiéramos transformado los humanos en lo que somos. No habríamos llegado hasta los últimos confines del mundo, invadiendo y dominando a otras especies o territorios. Aquel perro-lobo, casi tan fiero como nosotros mismos y que nunca nos abandonaba, se convirtió en nuestro mejor aliado y confiable camarada.
¿Cómo va a ser nuestra vida ya sin ti? Dejas, más que un hueco, ese abismo que da vértigo y hacia el que todos nos encaminamos. Sin ti, Seibo, va a hacerse –a partir de ahora– mucho más difícil amanecer...