Creado:

Actualizado:

MIENTRAS prosiguen los juegos de cartas, los trucos sin chistera y los goles en el tiempo añadido, mientras algunos toros se levantan en el arrastre y exhiben su casta camino del desolladero, mientras se forman gobiernos con uniones de siglas que me recuerdan a las referencias catastrales, sigo pensado, empecinado, que lo de la derecha y la izquierda está fenomenal, sí, sobre todo en carretera.

La distancia entre dos seres humanos depende más, a mi entender, de la limpieza y honestidad de sus acciones que de la supuesta afiliación de postulados doctrinales a un programa de partido. Depende más, creo, de su capacidad de trabajo por beneficiar al conjunto que de incrementar un diez por ciento más o menos el gasto para una partida presupuestaria que para otra.

Más allá de la valija genética que todos heredamos, no entiendo el esfuerzo (o el abandono, según se mire) de una persona para mimetizarse con unas siglas, con un partido. Los modos de gestionar bien, con transparencia y eficacia, y con la rectitud de pensar que una sociedad mejora si todos su componentes avanzar hacia una vida de mayor dignidad, no me parece que deban, e incluso puedan, estar vinculados a ideologías. Las consignas políticas, sobre todo las que permiten enfrentar a una parte de la población con otra, no son sino instrumentos para conseguir alcanzar el poder a quienes, adaptada su mente a la búsqueda de satisfacción y vanidad, saben manipular al gentío con la misma simpleza, y triste eficacia, con la que los presidentes del Madrid y el Barcelona pueden calentar el ambiente previo a un derbi.

La democracia debe erigirse por encima de los partidos. Sustentarse en algo más que en el uso hábil, y discreto, de los mediocres. Superar el debate equiparable a las riñas de vecindario, a las discusiones tras un accidente de tráfico. Calentar a la afición es tan fácil que sólo el buen gobernante se atreve a tomar decisiones por encima, y por los lados, de lo que es previsible que guste a los suyos.