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AHORA que lo vemos en ruina, resquebrajado y abatido, conviene recordar que este puente fue tránsito obligado para reyes y viajeros de todas las épocas, desde el medievo hasta el siglo diecinueve. Pero la historia de esta villa ribereña, que dio el relevo de notoriedad a Valladolid, ni empieza ni acaba en esas fechas. A los pies del cerro de Altamira, el caudal del Pisuerga se extiende hasta necesitar un puente de nueve arcos para salvar la corriente. El puente está ubicado en el lugar donde hubo desde siempre un vado natural vigilado para cruzar el río. No es pues un punto fluvial donde las acometidas lleguen con violencia.

Este puente, que es sin duda el más importante y hermoso de la provincia, tiene un indudable empaque monumental, aunque carezca de esa protección, sin duda para facilitar un manejo menos laborioso a los gestores autonómicos de carreteras, que lo siguen usando sin cautelas. En la alta Edad Media, el dominio de la campiña del Pisuerga se controlaba en torno a dos pasos del río, en Cabezón y Simancas. El puente de Simancas ya tiene relevo para el tráfico.

En cambio, el de Cabezón ha venido soportando una circulación indiscriminada, sin importar tonelajes. Un puente que combina en sus nueve ojos los arcos ojivales apuntados y los de medio punto. Los ojivales, que son cuatro, derraman sobre pilares redondos, mientras el resto lo hace en apoyos poligonales. El muro de sillería ahora derrumbado, que soporta el acceso al puente desde el pueblo, se refuerza y adorna con contrafuertes redondos muy vistosos.

Desde el puente monumental se aprecia el perfil del cerro de Altamira, donde estuvo la fortaleza que vigilaba el paso. En 2012 se colocó al pie del cerro un monolito a la voladura del puente por Wellington. Quizá el recuerdo más inadecuado de su larga y gloriosa historia. Se hizo sin permisos, que luego arregló Fomento, y con fanfarria militar. Según los diagnósticos, esta ocurrencia enfiló las corrientes del cerro hacia el muro que acaba de caer.