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SE renueva la política. Perdón, se renuevan nombres y caras, siglas y escaños. Y, salvo contadas excepciones, todo sigue igual. Similares las afrentas, idénticas las justificaciones. Cambian las denominaciones de puestos, organigramas, se desacredita lo anterior y… otra vez por el mismo camino.

La política sólo puede cambiar, al menos a corto plazo, por imperativo legal. Sólo la ley puede imponerse al descontrol, la arbitrariedad, el enriquecimiento injusto y la incapacidad manifiesta y alardeada. Bueno, sobre esto último poco tiene que decir la ley, porque a ningún político se le va a poner en un pupitre para examinarlo sobre su cultura. Ni siquiera sobre las materias de su esfera de responsabilidad y decisiones.

Corporaciones, parlamentos, plenos… se someten a la renovación que produce todo proceso electoral, con esos efectos febriles de las primeras semanas en las que los nuevos cargos, abandonada la campaña y la reiteración de eslóganes y frases hechas, comienzan a enfrentarse a cuatro años de cometidos varios.

Dentro del ambiente en el que todo sigue igual, por más que las mayúsculas de los partidos jueguen como un trilero a intercambiar posiciones, aparecen las excusas ante expresiones vomitivas, que algunos llaman chistes (bueno, las llaman así cuando tienen que ver con víctimas del terrorismo, claro, porque en su caso estaba libre de bomba lapa, dados los discursos de su sector ideológico…).

Caras nuevas en el panorama político que reiteran viejas excusas. Venganza, rencor, mala interpretación… El chiste siempre se refiere a quienes no son su vivero de votos. Así que la indignidad de una expresión, que hacen pública a través de las redes, está, para ellos, en proporción directa a la probabilidad de que los agraviados puedan acabar facilitándole un cargo público, es decir, un suelo público. Una visión muy práctica de la ética.