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QUIENES aguantamos en la periferia del descuido, a duras penas nos vamos acostumbrando a este carrusel de foros, mítines, candidatos, programas, ofertas y modificados. Tanto tiempo sin pintar nada, que ni a la negra agonía del carbón hicieron caso, y ahora de repente su urgencia por decirnos cosas colapsa los salones y hasta se tropiezan los pregoneros por las esquinas. Es lo que hay porque esta vez las predicciones vienen confusas. Más inciertas que nunca. Y esas dudas sacuden a los viejos partidos y a los nuevos, porque ni unos ni otros tienen claro el precipicio de sus caídas o la envergadura de sus conquistas.

A punto de abrirse la campaña, dos datos de los sondeos tienen amoscados y morugos a los contendientes. El primero se refiere al alto porcentaje de participación, que roza el setenta por ciento. Un propósito siempre bienvenido, cuando los postulantes cuentan con un balance de gobierno u oposición solvente, que a veces no es el caso. El segundo indicador apunta al pelotón de indecisos, cuya cifra supera el cuarenta por ciento. Un grupo tan concurrido y revuelto que debiera estimular una campaña pedagógica y paciente, de convicción. Sin echar mano de ocurrencias o trucos baratos. Contrastando proyectos y sin repartir descalificaciones. Pero todo indica que tampoco esta vez la campaña va a ir por ahí, sino que se empeñará en machacar con tópicos de argumentario. Ante semejante panorama, sólo cabe esperar que los nuevos partidos tengan la capacidad de girar el discurso a los tradicionales.

Pero este requilorio de evidencias queda reducido a nada si los fontaneros de campaña desprecian la voluntad de contraste. Y todo parece indicar que una vez más nos van a hurtar los debates, esa fórmula que permite captar de un vistazo las diferencias entre unos y otros, entre los pregones de cada cual y lo que realmente puede esperarse que haga. Al cabo de tantas proclamas de transparencia y regeneración democrática, la vieja política sigue mostrando pánico a la exposición pública contrastada.