Diario de Valladolid

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Cuando se vive en el centro de la ciudad, y llega Semana Santa, el dicho de que la procesión va por dentro pasa de ser eso, un dicho, para acoger toda su literalidad. Y comienzan las penitencias circulatorias, la más sangrante, evidente y reitarada, es la de llegar hasta el garaje de casa. En realidad, si uno mantiene el humor, puede tomarse como un juego en el que hay que ir superando pruebas. Una tras otra. Es decir, controles de la policía local.

Sin caer en la mentira, pues eso de engañar a la autoridad está muy feo, se trata de acercar un poco en la exposción vrebal, respecto de la realidad, el lugar de destino. Hacerlo más próximo en la explicación al agente. Si se dice que se va a aparcar dos o tres calles más allá, es seguro que te mandarán por otro recorrido, y «allí pregunte al compañero». No, así no. Ése te manda a otro, y al final acabas descubriendo que intramuros existe también una ronda exterior, una circunvalaciòn, que hace que regreses al punto de partida.

Y entonces es que te han eliminado del juego. Algo así como que te dijeran las normas que vuelvas tres horas más tarde, cuando no se divisen capuchones en el tablero en el que calles y cofradías forman un revuelto muy pero que muy enrevesado.

La experiencia dice que hay que decirle al agente que el garaje está en la siguiente calle, a la derecha o a la izquierda. Tiene que ser cerca, pero que no se vea la entrada, no vaya a ser que se quede con la matrícula y vea que uno va más allá del lugar en el que dices que vas a depositar el vehículo.

Aparcar en el garaje siempre produce, en estos casos, la impagable sensación satisfactoria de haber ejercido con intuición e inocente picaresca el derecho al uso de una propiedad tan cara y tan limitada.

Eso sí, tal relajación y bienestar ofrece la otra cara de la misma moneda. El desconsuelo de abrir la puerta, sacar el morro del vehículo y comprobar, sin duda alguna, como por tu calles transcurre, lentamente, una procesión.

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