Periodista de honor
EL CASINO del Collado, en Soria, acogió hace unos días el nombramiento de Antonio Machado como periodista de honor, en presencia de los presidentes del Congreso, de la Federación de Asociaciones de la Prensa y de la Fundación Machado. Un reconocimiento con retraso, como todos los que va recibiendo el poeta que en sus versos universalizó los campos de Castilla, pero con un alcance muy simbólico. Por una parte, al ser incorporado como figura tutelar del ejercicio informativo, siempre necesitado de referentes éticos, y más que nunca en tiempos tan precarios como estos. Por otra, pone de relieve la vertiente de Machado como asiduo colaborador de prensa, especialmente durante la guerra. Pero también antes, en su estancia soriana, como aliado de sus amigos José María Palacio y Mariano Granados Aguirre en La Voz de Soria.
Palacio, periodista y funcionario de Montes, fue su interlocutor lírico ante la tumba de Leonor en El Espino, porque estaba casado con una prima de su mujer fallecida. Granados era hijo del fundador de la Caja de Ahorros y después de su etapa como animoso promotor de periódicos, alcanzó una fiscalía del Tribunal Supremo. Camino del exilio mejicano, al final de la guerra, leyó en el entierro de Machado en Collioure su poema «Adiós maestro, adiós. Adiós te digo». Pero no eran estos los únicos guiños del homenaje soriano.
Veinte años después de su abandono de la ciudad, Soria nombró hijo adoptivo a Machado en 1932, con un acto en la plazuela de San Saturio. En aquel paraje fluvial de la Senda de los Enamorados, se colocaron un par de lápidas con versos del poeta, que fueron «tiroteadas y destruidas» por la fiereza bélica. Enseguida las repuso en su lugar, con decisión, gallardía y a la chita callando, el joven alcalde Jesús Posada Cacho. Lo cuenta Dámaso Santos en sus memorias. Eran los años inmediatos a la guerra, primera mitad de los cuarenta, pero Machado ya significaba mucho en Soria. Ahora su hijo, Jesús Posada, presidió el homenaje a Machado.