Iniciativas en suspenso
LLEVAMOS un tiempo en que los anuncios de iniciativas se van quedando en yerbas, sin otro fruto que unas cuantas dietas y devengos para engrasar a los enredabailes. Sobre todo, si se trata de regeneración, que es el ensalmo que manejan los holgazanes cuando aprieta el malestar. Pero ocurre que otra vez celebramos la Constitución con la cara sin lavar y los datos de empleo a contrapié. Llegan estas fechas de balance y saltan aquí y allá datos que escuecen como sarpullidos. Si hace unas semanas el turismo de ligoteo desveló el gasto en viajes de placer de algunos parlamentarios, ahora nos enteramos de que los grupos del Congreso de los Diputados reciben para su manejo sin control nueve millones de euros al año.
Ninguna de las sucesivas y solapadas iniciativas partidarias para regenerar la vida democrática apunta a pinchar esa bicoca. Hasta ahí podíamos llegar. Hace unos meses, en tiempos del profuso e indeciso Gallardón, se habló mucho de los aforamientos, que en España son más numerosos que en cualquier otro lugar. Entonces pareció razonable que los pertrechados no se contaran por miles. Pero hecho el ruido de la prédica, la confluencia de intereses de unos y otros mandó parar y aconsejó congelar la mudanza. No fuera a ser. Y ahí quedó el baldón.
El efecto benéfico que está teniendo la irrupción del malestar como alternativa electoral ha sido agitar el cuajo de la alternancia, donde unos y otros miraban para otro lado, dando por buenas y perpetuas herencias envenenadas. Porque esa opacidad de los dineros que consumen y reparten los grupos parlamentarios no es sólo del Congreso y del Senado. También cobija al presupuesto de nuestras Cortes y, si me apuran, a los fondos distribuidos en Diputaciones y Ayuntamientos para los diferentes grupos políticos. Una dotación no sé si generosa o acaso insuficiente. Pero, eso sí, opaca e indescifrable, que es lo único que no debiera ser. Porque la opacidad esconde abusos, que oscilan entre el chantaje y el despilfarro.