Diario de Valladolid

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DE LOS discursos de los principales líderes políticos y sociales, tanto en el plano nacional como regional, que tuvieron su eco en los medios de comunicación –durante la última semana– puede deducirse que ellos siguen creyendo que todo puede continuar más o menos como estaba. Que basta con buenas intenciones, con arrepentirse, con decir que todo lo malo que ha ocurrido «no volverá a suceder». ¿Les suena la frase? Que habrá más transparencia, regeneración en sus partidos, mejores prácticas …

Sin embargo, esta es una tierra de la que demasiada gente en edad de trabajar tiene que irse a buscar curro en otro sitio: donde bastantes individuos que cobran paro y computan como desempleados están engañando al país haciendo chapuzas por las que no tributan; sin hablar de los niños que no tienen para comer y las personas mayores que pierden sus casas porque avalaron las hipotecas de sus hijos. Esta es la España del «pequeño Nicolás». Parece que algunos no quieren enterarse, pero ya se enterarán.

No soy el primero en señalar ciertos paralelismo entre la situación actual y la que ya se vivió aquí al principio de la transición. Por la penuria, por la crisis –también importante en lo económico y lo político–, por la rabia apenas contenida de los más desfavorecidos, por la convulsión, por la incertidumbre... Pero quizá la mayor coincidencia estribe en que, entonces como ahora, muchos ciudadanos ya han cruzado la raya, ya están de vuelta porque se dieron cuenta de que al otro lado no hay nada; porque han comprendido que esto que ha habido hasta el momento no da más de sí.

Y, entonces como ahora, los políticos, la gente importante, los artistas e intelectuales más conocidos y reconocidos del viejo régimen, tardaron mucho más tiempo que el pueblo común en reaccionar o sumarse a los cambios. Tuvieron, en su mayoría, que apartarse a un lado o ser definitivamente retirados por los acontecimientos. Así volverá a ocurrir. Y si no, al tiempo.

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