Revuelto de polifenoles
Ojo con el cuñado
En ocasiones, todavía se escuchan frases como estas. Son cantos trasnochados que rayan el delito y pueden poner en serio peligro al comensal o al cliente, además de ir en contra del medio ambiente y trasladar una pésima imagen de la industria transformadora que sigue las normativas alimentarias y las pautas sanitarias: «Yo solo cocino truchas de río, pero de las de verdad. Me las trae un pescador, no son de esas de piscifactoría, que no saben a nada»; «en la cocina de mi restaurante, las setas que entran son las que traigo yo. Domino todos los corros de brujas del entorno»; «tengo unas ancas de rana, que trae un ranero del pueblo de mi yerno, que esas sí que saben bien, y no las congeladas»; «tengo cangrejos de verdad, no de los que se compran en las pescaderías»; «para caracoles, ningunos como los que ha cogido mi cuñado nada más escampar esta mañana».
Y así, lindezas que uno tiene que escuchar, por desgracia, en algunos establecimientos de hostelería que reciben comensales a diario y que tienen que cumplir algunas normativas alimentarias en vigor, que garantizan al consumidor, en este caso al comensal, que las materias primas de los platos del restaurante tienen todas las garantías.
Esto es más serio de lo que parece. Las nuevas hornadas de cocineros y profesionales de hostelería ya saben interpretar la necesidad de suministrarse de empresas conserveras, transformadoras o de acuicultura, que garantizan procedencia y sanidad, además de proporcionar calibres, tamaños y pesos rentables para cocinar. Ojo a quien diga, en un restaurante, que sirve los caracoles del cuñado. Eso, ni es serio ni es profesional ni viene bien a la imagen de nuestra rica cocina tradicional que, no lo olvidemos, pervive gracias a las denominaciones de origen y a las empresas alimentarias respetuosas con las normativas sanitarias y medioambientales.