Cuando el fuego hace más fuerte

La bodega Martín Berdugo y la quesería Páramo de Guzmán demuestran que tras las llamas hay esperanza y hoy ambas empresas de Burgos ya elaboran sus productos

Antonio Díez, de la bodega Martín Berdugo muestra hoy orgulloso la planta que resurgió de las cenizas.-

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LORETO VELÁZQUEZ
Valladolid

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Fue una tarde de verano. El 5 de septiembre de 2013. Un rayo, una llamada y muchas carreras. Allí estaba él, ante las llamas viendo con impotencia cómo el esfuerzo de una familia y sus sueños se desvanecían. O no. Porque el rayo que destrozó la nave de elaboración de Martín Berdugo en Burgos no pudo con ellos. «Recibimos su energía», asegura Antonio Díez consciente de que ahí empezó a escribirse una nueva etapa de sus vidas.

El optimismo de esta familia es innegable. «Al final la actitud con la que te enfrentas a una dificultad lo es todo», explica agradecido a todo el equipo. Lo cierto es que no estaba todo perdido, la nave de crianza no se vio afectada por el fuego y los 600.000 kilos de uva permanecían aún en las 87 hectáreas de viñedo. «Todo fue muy rápido, los seguros, organizar la vendimia en otra bodega… no había mucho tiempo para pensar o lamentarse».

Como solución provisional, ese año elaboraron en las instalaciones de Anta Banderas. «Solo tenemos palabras de gratitud porque gracias a ellos pudimos vendimiar», recuerda.

Hoy, con la normalidad recuperada y a pocos remates de finalizar la obra, Martín Berdugo es el mejor ejemplo de cómo se puede convertir una dificultad en oportunidad. «Decidimos aprovechar para modernizar la bodega y basándonos en nuestra experiencia mejorar la calidad de los vinos», subraya.

La teoría llevada a la práctica se traduce en un proceso de elaboración que funciona por gravedad gracias a un sistema de ‘Ovis’ y un puente grúa que respeta la uva posibilitando vinos más frutales y elegantes. Influye también la adquisición de 28 depósitos especiales cuya temperatura se controla de forma automática. «Con la reconstrucción hemos habilitado además un espacio para recibir a los clientes que antes no teníamos y una nueva zona de oficinas», añade.

A cargo de la reconstrucción, su hermano, el arquitecto de interiores, Bruno Díez Martín, quien se puso como objetivo dar forma a una bodega funcional y moderna. «Ahora es una maravilla», presume con orgullo porque «no ha sido fácil».

En el caso de Páramo de Guzmán, las alarmas saltaron casi un año después: el 1 de mayo de 2014. Aunque en las primeras horas se desconocía la causa, fue una chispa de una radial la que desencadenó la tragedia. El panorama era dantesco, una fábrica de 2.000 metros cuadrados que estaba a punto de cumplir su trigésimo aniversario reducida a amasijos de hierro y vigas dobladas como plastilina. Tampoco aquí hubo que lamentar víctimas pero sí hizo falta coraje, ganas y una buena dosis de esperanza. «Como dijo el periódico The New York Times somos el mejor queso del mundo y tenemos que seguir», aseguraba a las pocas horas del siniestro, el enólogo del grupo, Ignacio Figueroa.

Lo cierto es que no ha sido sencillo. Se quemó toda la producción, salvo un queso que permanecía en una nevera. Se subastó con fines benéficos por 275 euros.

Pendientes aún de iniciar la reconstrucción todavía elaboran en la quesería vecina de Vadorrey de Cueva de Roa. «Nos lo propusieron al día siguiente del incendio», agradecen a sabiendas de que la limitación de espacio supone un problema a día de hoy. «Nuestro stock se limita a un 40% por lo que servimos a El Corte Inglés y poco más», explica como portavoz de la familia propietaria, Cayetana Santos, animada en cualquier caso porque aunque la producción es escasa, el interés sigue vivo.

Hay que recordar que cuando la radial soltó la chispa que obligó a Páramo de Guzmán a reducir la marcha, iba todo viento en popa. Con la publicación del libro que encumbraba el queso burgalés y que se convirtió en superventas en Estados Unidos, la factoría artesanal vivía desbordada por pedidos americanos. «Fue una pena», lamenta.

El retraso de la obra tiene una causa añadida: la construcción de un túnel de 500 metros con el que Páramo de Guzmán unirá la antigua bodega subterránea con una nueva en la que pretenden fomentar el enoturismo junto a la bodega de vino, el restaurante Raíz y su hotel de cinco habitaciones dobles. «Hemos preferido esperar a terminar con este proyecto para empezar con la nueva fábrica», señala.

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Precisamente por la obra del túnel tanto el hotel como el restaurante deberán cerrar hasta el mes de octubre. «El incendio nos enseñó a valorar muchísimo el producto que hacemos, su calidad, y sobre todo a la gente que tenemos», concluye Cayetana Santos como lectura positiva.