Parábola del náufrago (1969), la décima novela de Miguel Delibes, supuso un derrotero decisivo y casi siempre mal entendido en su trayectoria narrativa. Un giro que la crítica literaria, tan predispuesta a galardonar pastiches indigestos como La catira (1955) de Cela, acogió con reserva y reparos; tanto la amazacotada y académica como la periodística, con frecuencia más despierta. Las lecturas de su recepción, salpicadas de una perplejidad tendente a tomar el sesgo como pasatiempo efímero, tintaron su expresionismo radical con la espuma kafkiana derivada de su anterior reportaje sobre la Primavera de Praga (1968), cuyas expectativas compartió durante un par de meses de estancia en la ciudad, antes de encajar, ya de vuelta a Valladolid, su apagón de agosto, motivado por la invasión represora de las tropas soviéticas. Pero esta espuma superficial, aprovechada para su etiquetaje rápido, no debe despistar respecto a la profunda inquietud que este hachazo desata en el autor sobre la previsible deriva española, durante los últimos años del dictador. Confundiendo la cáscara con su meollo.