Normalizar el fracaso

El club blanquivioleta ha integrado la derrota en su ADN desde la temporada 24-25 y la ve como un resultado habitual y casi inevitable / Un partido ganado por cada tres perdidos

Los jugadores soportan las críticas del Fondo Norte ante un estadio que se fue vaciando tras el tercer gol.LALIGA

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Valladolid

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Lo peor que le puede pasar a un equipo no es perder. Tampoco hacerlo de forma habitual, por mucho que duela. El verdadero fracaso es normalizar la derrota como resultado lógico. Ganar un partido de tres y que no pase nada. Porque en Zorrilla nunca pasa nada.

Siempre hay excusas en forma de trampantojos que impiden ver la realidad. O los jugadores propios no tuvieron el día, o el rival es muy fuerte, o el equipo está en fase de ensamblaje, o la plantilla es muy joven.

Más jóvenes que el Real Valladolid son la Real Sociedad B y el Celta Fortuna, los dos filiales de Segunda, y van por delante de la clasificación. El cuadro gallego es además recién ascendido, como Sabadell, Tenerife y Eldense, que también preceden al Pucela en la tabla. Tienen plantillas más limitadas pero no necesitan excusas. Y compiten.

Un repaso a las cifras refleja la mediocridad de este equipo y la nula exigencia que lo rodea desde que en la temporada 24-25 perpetró la segunda peor temporada en la historia de toda la Primera División sin que pasase nada.

Desde que comenzó aquella Liga, el Real Valladolid suma 17 victorias, 15 empates y 53 derrotas. Por cada partido ganado, más de tres perdidos.

En cuanto a las goleadas sufridas, considerando como tales las derrotas por tres goles de diferencia o más, en la temporada 24-25 se dieron ante Real Madrid (3-0 y 0-3), Barcelona (7-0), Atlético (0-5), Girona (3-0), Villarreal (5-1), Sevilla (0-4), Athletic (7-1), Getafe (0-4), Betis (5-1) y Leganés (3-0).

Jamás en su historia había encajado el Pucela once resultados tan vergonzosos, pero no pasó nada. Y en la vuelta a Segunda, esa falta de exigencia y ese deseo de entrar sin romper nada de la nueva propiedad, empujó a profundizar en ese perfil bajo. Es el club en el que nunca pasa nada, aunque deportivamente el equipo se desmorone.

Sólo enhebró dos victorias consecutivas en las dos primeras jornadas. Seis puntos a la postre fundamentales para la permanencia. Las goleadas (en contra, por supuesto) llegaron ante Éibar (3-0), Leganés (3-0), Castellón (0-4), Granada (5-1) y Racing (4-1).

Pero de nuevo no pasó nada. Se celebró la permanencia como antes se festejaba entrar en Europa. Así está el rasero blanquivioleta. En el subsuelo.

Esta temporada comienza con una victoria de milagro, un empate -también es cierto- que debió ser un triunfo y tres derrotas, la última con el 0-3 del Oviedo, primera goleada de la temporada.

Pero, como siempre, no pasa nada. El planeta del conformismo y las excusas es de color blanquivioleta. Desde fuera, afición y prensa (justo es reconocerlo) no aprietan lo suficiente. Se ha alcanzado un estado de nirvana en el que la derrota es compañera habitual, en lugar del monstruo ante el que hay que luchar y apartar.

La racha que ya se prolonga durante más de dos temporadas no es imputable a la directiva actual más que de forma parcial, pues en la temporada del descenso mandaban Senn y su valido Ronaldo.

El fallo de la actual propiedad reside en ser incapaz de salir de esa dinámica destructiva. Ha optado por una línea blanda en la que prima no hacer ruido, antes que dar un golpe en la mesa. Y esa suavidad se extiende a una dirección deportiva que sólo es explosiva con quienes desde fuera cuestionan su trabajo y a un entrenador que ha hecho de la delicadeza y las excusas su leit motiv. Su rueda de prensa tras el partido ante el Oviedo es un canto al conformismo más mediocre.

Negar que el partido fuese un desastre significa que la herida puede profundizarse aún más, pues la falta de competitividad fue lacerante. Y cuando todos los jugadores parecen peores de lo que son, ya se sabe que el responsable es el ocupante del banquillo.

Así se entiende que el mensaje de competitividad, fuerza, entrega y fiereza llegue tan filtrado a la plantilla que parece atomizado. Y cuando en el equipo no hay líderes de arrojo y combate (sólo aparece Alejo, y no contagia al resto), se comprende que el Real Valladolid esté más cerca de ser un equipo plano que peleón. Porque tampoco tiene tanta calidad como para ganar andando.

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Su futuro, como no cambie de registro, está más cerca de cocerse a fuego lento hacia el descenso que de impulsarse con un chorro de agua fría a presión hasta la élite. O al menos intentarlo. En sus manos está decidir por qué Primera luchar: la de los grandes o la de la RFEF. El Zaragoza, con un camino de desintegración deportiva a cámara lenta, ya eligió la pasada temporada.