El espíritu de Portugalete
Javi Sánchez (5), en el partido de Copa del Rey ante el Portugalete.
30 de octubre de 2025. Seis de la tarde. El Real Valladolid entrena a puerta abierta después de su debacle copera en Portugalete. Almada no echa el cerrojo porque la sesión ya estaba de antemano fijada como abierta para el público y sería un pequeño escándalo cambiarla por caer ante un rival de quinta categoría, sin hacerle ni siquiera cosquillas.
El club al menos se aseguró la presencia policial en esa sesión vespertina, por si había problemas con jugadores y técnico. Pero lo que hubo fue una entrada y salida de los Anexos con un silencio monástico, sólo roto por ciertos gritos de ánimo y las peticiones de autógrafos por parte de algunos chavales.
Ese día, la plantilla del Real Valladolid se dio cuenta de lo fácil que es jugar en este equipo y la poca exigencia que lo rodea. En la grada y en los despachos. Nada indigna, todo se asimila, siempre se puede caer más bajo, porque el grosor del colchón de la paciencia lo aguanta todo. El ridículo mayestático de la última temporada de los anteriores dueños, con un descenso histórico, no pasó factura. Los chicos de Senn, sección Caribe, miraban la caja fuerte y no el campo de juego, para irse cumpliendo el plan con el que habían entrado.
Y llegó la nueva propiedad. Cordial. Demasiado cordial. Una cosa es no entrar como elefante en cacharrería y otra no despertar al niño de su sueño, para que no se piense que eres polémico, cuando ya son las doce y el niño tiene treinta años.
La gran mierda de temporada del descenso, la peor en la historia del club, la segunda peor en la historia de Primera, con la peor segunda vuelta de la historia de la Liga desde su fundación (no es un trabalenguas), apenas pasó factura a una plantilla que afrontó este reestreno en Segunda como si viniese de jugar la Europa League. Valladolid es la ciudad en la que en el plano futbolístico nunca pasa nada, se cobra al día y se vive como dios.
Si a un grupo conformista y ramplón se le inoculan piezas de escasa personalidad y menor calidad por parte de un director deportivo incompetente que colapsa en el mercado de invierno, se traen entrenadores suaves, incapaces de arengar a una plantilla para que se crean los 300 espartanos, al final se escribe la segunda parte de la vergonzosa temporada anterior, sólo salvada por el regate a un nuevo descenso.
El personaje Santiago Zavala, en ‘Conversación en La Catedral’ de Vargas Llosa se preguntaba al inicio de la obra en qué momento se jodió Perú. El de este Real Valladolid 25-26 fue Portugalete.