Mucho trabajo para Escribá
El nuevo técnico no sólo debe recuperar a un equipo anímicamente hundido sino que también ha de conseguir que el mediocampo cree y defienda, la zaga recupere su rocosidad y la delantera por fin marque

Fran Escribá, durante su primer entrenamiento al mando del Real Valladolid.
Fran Escribá no llega para perfeccionar y mejorar al Real Valladolid. Viene para tirar sus escombros y reconstruirlo desde cero. Este equipo, con diferentes caras pero mismo espíritu, lleva año y medio sumido en la nada más anticompetitiva y con un nivel de exigencia de sus superiores ínfimo, lo que fomenta la dejadez cuando no existe la suficiente profesionalidad, como es el caso.
La temporada pasada no hubo presión a plantilla y técnicos , porque el único interés de los dueños era hacer la mayor caja posible a costa de lo que fuese y por todas las vías imaginables antes de irse. En la actual, los recién llegados no quieren hacer ruido y han optado por un perfil discreto. Pero no les va a quedar más remedio que conectar el martillo neumático si quieren proteger la inversión de Ignite, porque la plantilla se ha aprovechado de eso y les va a estropear el negocio.
El tercer míster de la temporada -descontando a Sisi- cuenta con un trabajo ingente por delante y un reto al que nunca se había enfrentado antes: el posible descenso a la tercera división española. Cuando tomó el Zaragoza de la temporada 22-23, el equipo era 17º a dos puntos de la zona roja y con 27 jornadas por delante. Su actual Pucela está en puesto de descenso y le quedan 16 partidos. Jamás se hizo cargo de un equipo entre los cuatro últimos de Segunda División.
MENTALIDAD COMPETITIVA. Lo dijo el valenciano en su presentación: antes de lo táctico está lo anímico. Este Real Valladolid no está exigido y es muy débil mentalmente. Representa la antítesis de la competitividad. Si Escribá logra que adquiera este espíritu de lucha exigible a todo profesional, habrá encontrado la vía para la salvación. De lo contrario, la suerte de un equipo que cuando encaja un gol se desmonta, está echada.
Pero el carácter y la intensidad, siendo imprescindibles, no lo son todo. De lo contrario los Boinas Verdes y los Marines ganarían Ligas. Hace falta fútbol, tan invisible en los blanquivioleta como el carácter. Y el equipo necesita una reestructuración total en todas sus líneas, con excepción de una portería en la que Guilherme ya ha dejado de ser intocable y comienza a despertar dudas.
HALLAR UN ESTILO. Lo primero que debe hacer tácticamente Escribá es impregnar de un estilo a un equipo que ha carecido del mismo, excepto en las primeras jornadas de eficaz presión alta y recuperación rápida con Almada. Sea el que sea, con las pertinentes variaciones según el rival y las exigencias del momento, pero que el Pucela sea identificable y no la masa amorfa actual.
El nuevo míster se distingue por minimizar riesgos defensivos, con sus equipos en formación 4-4-2 con bloque medio-bajo, pero no hundido atrás, y salidas rápidas en ataque para asociar sus cuatro centrocampistas con dos delanteros, aprovechando bien las bandas, y con una compensada ocupación de espacios, sin dejar huecos evidentes para las evoluciones del rival.
Sea esta apuesta u otra, debe estar lo suficientemente mecanizada y ser creíble para no derrumbarse ante la primera adversidad, como ahora. Cuando hasta el jugador con menos carácter ve que lo que hace funciona, tiende a aparcar la indolencia y comienza a luchar.
RESCATE DEL MEDIOCAMPO. La medular es el eje gravitacional de todo equipo y en el Pucela es su gran agujero negro. La mayor urgencia del equipo reside en cerrar su portería, pero tanto para esto como para enhebrar los ataques, es fundamental el centro del campo. El del Real Valladolid ni crea ni destruye. Vive en la inconsistencia. Para Almada era estación de paso de balones en largo. Tevenet, siguiendo mal el libreto de su antecesor, ni logró ese juego directo, ni supo dotar de una mínima elaboración a una zona que es la sala de control de los equipos.
El dúo Juric-Meseguer es un fraude. El croata defiende pero se le hace de noche con el balón. El murciano no defiende ni crea. Sólo sabe sumarse en segunda oleada al ataque para buscar el remate, lo que no hace mal. Pero una titularidad no puede sustentarse en esto, y mucho menos cuando los rivales siempre ganan la lucha táctica en el centro del tablero y juegan sin presión de defensa y media pucelanas en su zona de tres cuartos de ataque.
Es obligada la presencia de jugadores como Lachuer -si se digna a dar el mínimo competitivo- o Maroto -si le dejan más que los minutos de la basura- para dotar de personalidad y control al Pucela. No estaría de más comprobar si pueden jugar juntos y defender, crear y atacar a la vez, que es lo que exigen estas posiciones. Sin olvidar a Ponceau, ya que Chuki -el menos malo, no el mejor- le tapa el sito más arriba... si se juega con un delantero.
SEGURIDAD DEFENSIVA. El Real Valladolid pasó de ser el último equipo de Segunda en recibir un gol a transformarse en un coladero. Queda dicho que la falta de ayuda del mediocampo entorpece sus acciones, pero los errores son groseros. En los centrales, en cuanto a marcas y coberturas; en los laterales, especialmente en las basculaciones.
El experimento de Alejo atrás, impulsado por Almada, hurtó al equipo de su extremo con mayor capacidad de centro, al tiempo que condenó a Trilli, imprescindible en el Córdoba desde su llegada. Tevenet continuó con esa inercia y Escribá tiene en su mano aplicar la lógica. Michelin, sancionado, no podrá jugar en Gijón pero sí después.
El lateral izquierdo será la casa de los líos. Hugo San ha cumplido con creces pero se verá relegado al filial, mientras que la progresión del también joven y canterano Garri la cortará el veterano Clerc. En el centro Torres es fijo y Martínez no ha mejorado a Tomeo.
Otra carencia de la zona, aunque achacable a la estrategia general del equipo, es el horroroso balón parado defensivo, como lo prueban los últimos goles recibidos.
¿EXTREMOS O INTERIORES? En este Real Valladolid con escasísimos titulares definidos, los extremos son otra verbena. El fútbol también está sujeto a las modas y actualmente se lleva colocarlos a pie cambiado, convirtiéndolos en una especie de interiores asociativos para buscar paredes, entradas por los carriles del 8 y el 10, y disparos.
El problema surge cuando hay que ensanchar el campo, en lugar de estrecharlo, para abrir las defensas rivales; cuando hay que poner balones a los delanteros que no los reciben o les llegan mal; y cuando no hay extremos con suficiente calidad como para conducir el balón con regates, y además carecen de capacidad de tiro exterior medianamente certero.
Al Pucela se le ha formado esta tormenta perfecta en la que Canós y Biuk se han ahogado, Sanseviero lucha con el agua -no se le vislumbra punta de velocidad- y Federico a veces asoma la cabeza. O el pelo.
DELANTERA INOPERANTE. Las alineaciones se han convertido respecto a la punta del ataque en el juego de la silla. Hoy Latasa. Mañana Erlien. De vez en cuando, y si no esta lesionado, Marcos André. La ineficacia es la marca de la casa en esta zona capital para el equipo, a la espera de la contribución del ahora lesionado Ohio.
Si Escribá quiere implementar su habitual 4-4-2, cuenta con un problema: la ubicación de Chuki, jugador ofensivo más destacado, que actúa de mediapunta. Juntar a dos delanteros obligaría al canterano a caer hacia una banda, y a medida que se escora, cuenta con menos capacidad para ejecutar su juego, que necesita amplitud de horizonte para asistir, entrar o tirar.
Otra posibilidad es que ese 4-4-2 fuese en rombo en su medular, con Chuki como vértice más adelantado. Pero este maltrecho Pucela no está como para dejar un jugador solo en la medular atrás, y menos si es uno poco intuitivo para leer el juego del rival y con la dificultad de desplazamiento de Juric.
Durante la temporada no se ha visto jugar juntos a dos delanteros más que en contados finales de partido, como tras el 5-1 de Granada. Esta opción doble puede mejorarlos, si son capaces de ayudarse y fijar defensas, o acabar de destrozarlos.
INTERVENCIÓN DEL TÉCNICO. Hay dos partidos de fútbol: el que el entrenador diseña durante seis días de la semana y el que se da sobre el campo. En muy contadas ocasiones coinciden ambos. Lo que se espera de un entrenador es que no se obceque en que salga lo había previsto, cuando se ve que no se puede, sino que actué con acierto sobre lo que está pasando.
Ni Almada ni Tevenet fueron capaces de cambiar el sesgo de encuentros que se les iban de las manos. Casi siempre perdieron la batalla estratégica con el técnico rival, capaz de revitalizar a su equipo con las sustituciones y las mutaciones en el dibujo. De Escribá se espera que enderece partidos torcidos y que mantenga firmes los que comienzan rectos, luciendo una flexibilidad que vaya más allá de lo que indica la pizarra de los seis días anteriores. Parece evidente, pero en Zorrilla es tan raro que ya se ha olvidado.