Diario de Valladolid
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Redacción de Valladolid
Valladolid

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La única derrota que se celebró ayer en Valladolid fue la de Villalar. El equipo blanquivioleta no se podía perder en los vericuetos de la gloriosa épica del vencido, muy bella para la historia y la literatura, pero letal para la supervivencia. El Real Valladolid tenía que ganar y ganó. Punto.

O tres puntos, para ser exactos. Era lo único que se pedía al partido de ayer y se consiguió. El Pucela abandona la zona de descenso a falta de cuatro encuentros en los que debe marcar su suerte final con dos victorias. Seis puntos más, incluso cinco, le garantizarían la permanencia. Lo tiene en su mano pero no será fácil de atrapar.

El encuentro fue catalogado por todos como una final. Y ya se sabe que las finales no se juegan, sino que se ganan. La importancia de los puntos distrae de otro asunto fundamental pero en este caso arrinconado: el juego. Y para que Sergio no me llame resultadista, diré que el visto ayer fue manifiestamente mejorable.

Un dato a tener en cuenta, porque tres de los cuatro rivales que se encontrará por el camino, exceptuando el Rayo, no serán tan tiernos, blandos e inconsistentes como el Girona. Stuani y Portu eran delanteros y han pasado a ser postes en las últimas jornadas. Por algo los catalanes han perdido seis partidos seguidos.

La salida al campo del Real Valladolid fue buena. Firme atrás, combinativo en el medio y móvil delante, fue encerrando al rival en su campo. Ünal primero y Waldo después fueron los grandes creadores del peligro local. Pero no llegó el gol. Y acudieron los nervios y los miedos. La superioridad cuantitativa del Girona en la medular pasó a ser cualitativa. El Pucela perdió el norte y dejó la iniciativa al rival. Su problema, para la alegría local, es que estaba romo. Del todo.

Los albivioleta comenzaron a ser previsibles, masticando en exceso las jugadas y telegrafiando los pases, a menudo fallados. No había más magia por desborde, verticalidad e imaginación que la de Waldo, un motor turbo de gasolina en un universo diesel.

Tras el descanso los de Sergio se hicieron del todo con las riendas del encuentro. Seguía sin haber sorpresa ni imaginación, pero había dominio. Y Míchel, que parece haber recuperado parte de su tono competitivo desde que salió en Vitoria, soltó un zapatazo de calidad desde fuera del área que vale una victoria y que puede ser piedra angular, junto a la de Éibar, en la salvación final.

El Real Valladolid necesita liberarse de su angustia y sus miedos para encontrar su mejor versión. O al menos una buena. No es fácil, por las limitaciones de dinero y por ende de calidad ya conocidas. Pero es imprescindible que mire cara a cara y de igual a igual a Atlético y Athletic para poner más piedras en el muro de la salvación y no llegar a Vallecas a disputar otra final, antes de recibir a un Valencia que se puede jugar la entrada en la Champions en la última jornada.

P.D.- En el banquillo del equipo vallisoletano había un entrenador catalán y en el del equipo catalán, un entrenador vallisoletano. Ojalá la vida fuese como el fútbol.

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