FÚTBOL - REAL VALLADOLID
Un Valladolid en estado vegetativo
El equipo de Herrera se hunde tras el descanso y pierde frente a un Huesca al que metió en el partido / Desconcierto general pucelano con rendimiento bajo mínimos en los aspectos táctico y físico

El atacante blanquivioleta De Tomás cae derribado por Soriano ante la mirada de Íñigo López.-ARABA PRESS
Lo peor del partido perpetrado por el Real Valladolid en Huesca llegó en la rueda de prensa. Y eso que, en algunos países sin garantías democráticas, la última hora de juego conllevaría pena de cárcel.
Lo hizo. Lo repitió. Paco Herrera reiteró que si el equipo acaba la Liga en zona de promoción, será el que suba. En su alocución previa al choque sonaba a arenga, aunque no viniese a cuento por su lejanía con la realidad. En la posterior al partido recordaba al púgil tumefacto que afronta el último asalto asegurando en su esquina que dará el golpe ganador, cuando bastante tiene con mantenerse en pie. No es que su preparador no le crea. Es que tiene la toalla en la mano para tirarla en cuanto saque un guante su rival.
Así están las cosas alrededor del equipo pucelano, cada vez más sonado. El crecimiento, la mejoría, la regularidad, la fiabilidad, el salto de calidad... son virtudes que siguen esperando. Y en el congelador, porque lo vivido por el conjunto de Herrera en los últimos dos encuentros es un proceso de reducción, como si fuese una salsa. El Huesca le supera en la tabla y le ha ganado el coeficiente, al derrotarlo en los dos partidos. Y menos mal que el Lugo perdió en casa con el colista Almería, porque también le habría rebasado.
Pero el gran problema del Real Valladolid no está en su clasificación ni en sus rivales. Se halla en su propia descomposición. En cada temporada desde el descenso existe un partido que marca el desastre. Con Rubi fue el 1-3 frente al Zaragoza, preludio de una promoción a la que se entró por la puerta de atrás. Con Portugal, el 4-1 de Miranda por salir a defenderse tras dos victorias rotundas.
El Little Big Horn de Custer Herrera esta temporada puede llamarse Huesca. Porque si esto no es tocar fondo, se debe a que la distancia con el descenso es enorme. Es el gran mérito del equipo en esta temporada, que ya es tirar por lo bajo. Aun así este Real Valladolid no necesita retoques.
Precisa de cirugía estética.
Y eso que el comienzo no invitaba a presagiar en lo que se convirtió el encuentro. Los pucelanos mandaban tras apoderarse del medio campo. Un dominio relativo, pues el Huesca se siente a gusto con espacios si el rival no aprieta, como fue el caso. Herrera repitió once por segunda vez y su equipo ofrecía un trasteo de balón de un lado a otro, vistoso pero ineficiente. Faltaba verticalidad, ya que no había desmarques ni oportunidad para la sorpresa por falta de explosividad de medios, laterales y puntas. Se jugaba al tran-tran. Y con el equipo largo. Como siempre. Es lo que tiene alinear cinco defensas a los que se coloca una barrera virtual electrificada con alto voltaje sobre la línea del cuarto de campo.
Este meneo estéril de balón sólo ofreció una ocasión en la primera parte, y mediante acción individual. De Tomás vio que Sergio Herrera estaba adelantado y tiró casi desde el medio del campo. El balón se perdió cerca del travesaño.
El Huesca no había emitido señales de vida en esta mitad, pero se estiró al final, apuntando lo que ocurriría en la segunda parte. Porque, tras media hora, el Pucela comenzó a cortocircuitarse. El Huesca olió a quemado y se estiró, aunque sin crear apenas peligro.
El pavor acudió tras el descanso. El canto del cisne blanquivioleta llegó con un cabezazo de De Tomás repelido por Herrera en el minuto 55 y una ocasión frustrada de Míchel en el 56. El valenciano vio cómo Íñigo le arrebataba el balón cuando se disponía a fusilar. Después, el Real Valladolid abandonó este plano existencial para instalarse en el inframundo. Allí donde habitan los que ya no son.
El chorreo local comenzó con un penalti no pitado de Guitián a Borja. Era de libro, pero las protestas del cántabro fueron efectivas. El Real Valladolid comenzaba a deshacerse a jirones. Jordán, Marcos y Míchel ya no ayudaban en la medular; Jose y De Tomás estaban aislados; los pases a tres metros se fallaban... y correr costaba un mundo. A todos. Los visitantes parecían llevar pesas en los pies, lo que proporcionó alas a los del Huesca, remedos de Mercurio.
Anquela vio vía libre y no tuvo piedad. En vez de esperar para contragolpear, atacó. A saco. La salida de Kilian y Vinicius afiló la punta de lanza oscense. Ferreiro avisó con un tiro mordido y en el 80 llegó su gol. Akapo envió un obús desde fuera del área que estalló en la parte interna del poste izquierdo de Torres. El balón cayó donde estaba el gallego, solo, y lo empujó a la red.
Herrera sacó a Ángel, Villar y Drazic, pero nada cambió. Sólo la cara de cabreo de Jose cuando fue sustituido. Aunque para cabreo, el que puede apoderarse de la afición pucelana si el equipo no reacciona pronto y vuelve a la vida. Porque ya no es subir. Se trata de jugar.