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BEATRIZ S. OLANDÍA
Valladolid

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Una se empieza a sentir mayor cuando pone la televisión y no entiende los dibujos animados; cuando en medio de una cogorza entona la sintonía de los Tres Mosqueperros y le siguen el Tato y el camarero desde el fondo de la barra; cuando emplea más tiempo en intentar recordar alineaciones actuales que la escuadra que defendía tus colores hace veinte años. No hay mejor baño de realidad que comprobar que los jugadores que militan en tu equipo hace tiempo que dejaron de ser mayores que tú para convertirse en lo que algunos agraciados con poca gracia dan en llamar yogurines. Nos hacemos mayores y el fútbol actual no ayuda en absoluto a mitigar el dolor. Lo que antes eran apetecibles tipos rudos que te sacaban tres cabezas y los colores, ahora son chavales barbilampiños de la generación Pokémon, con todos mis respetos al inestable Pikachu, en los que has de confiar para sacar del atolladero a tu equipo, en un ejercicio tan intangible y volátil como las fechas de nacimiento de sus DNI. Serán los nuevos tiempos.

Probablemente, esté dando vueltas sobre un hecho que nunca ha cambiado, con lo que intuyo que aquí la que se hace vieja es una, frente al aparente rejuvenecer del balompié. Cabe la posibilidad, soy consciente, de que las edades de los futbolistas hayan sido siempre las mismas y que sea el DNI propio el que no deje de contar el paso de los días. Pero déjenme con mis fantasmas. ¿No les parece ahora el fútbol un juego de niños? Hay una sensación de infantilización de todo este universo que comienza con rostros aniñados y termina con chorradas infantiloides como ponerse una careta para celebrar un gol. A lo máximo que se llegaba antes era a la voltereta de Hugo Sánchez, al arquero de Kiko o a la celebración en masa en el córner correspondiente. A veces incluso la nostalgia se apoderaba del goleador y pedía perdón a su anterior afición si es que ante ellos le andaba fino el empeine. Eran los viejos tiempos.

Ahora se ha instalado la tontería y la risa floja a ras de hierba, fruto de la cual hemos asistido a las convulsiones de los jugadores del Real Madrid simulando una cucaracha panza arriba -mentes preclaras vestidas de blanco- o a coreografías más propias de las cuatro de la mañana que de un partido de fútbol, lo que añade inquietud al tema: los jugadores ensayan la tontería. Conmovedor. Ponerse una careta es quizás una bobada menor, pero no me gustaría que el Valladolid entrara en ese selecto club de irrespetuosos que se permiten el lujo de ridiculizar a toda una afición. Porque ya les has marcado un gol, no hacen falta más adornos.

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