Diario de Valladolid
Publicado por
Beatriz S. Olandía
Valladolid

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José Luis Garci definió como nadie la idiosincrasia rojiblanca cuando dijo que ser del Real Madrid es ir perdiendo un partido a falta de diez minutos y estar seguro de la victoria, mientras que ser colchonero implica ir ganando tres a cero y saber que el rival puede pasarte por encima en cualquier momento. La certidumbre de que lo malo, lo peor, ocurre aunque parezca imposible; la certeza de que las victorias no se regalan y que habrán de costarte la salud coronaria. Ser del Real Valladolid, a veces, implica el mismo canguelo que sienten los rojiblancos, con el amargo agravante de que la gloria pocas veces se pasea por Zorrilla. Caer al fango para elevarte instantes después hasta el Olimpo, ser capaces de lo mejor y lo peor, como reza el cliché, no es patrimonio vallisoletano.

Ser del Real Valladolid implica conocer mil formas distintas de perder, o no ganar, por aquello de las tablas; hay infinitas maneras de dejarse puntos por esos campos de España y el Pucela lleva camino de explorarlas todas con inusitada devoción. La lluvia cae del cielo en un ejercicio de pura simplicidad -aunque algunos desconozcan el mecanismo de la precipitación- y sin embargo Forrest Gump afirmaba haber conocido decenas de lluvias distintas. Las derrotas, en el caso blanquivioleta, caen de igual forma del cielo y en formatos tan variables como excusas se quiera poner a la mediocridad. Perder es un hecho simple: alguien mete un gol más que tú. Pero añadan una pizca de literatura y un puñado de optimismo irreverente y obtendrán la cuadratura del círculo: perder pero estar contentos, mantener la calma porque en algún momento el desastre no rozó la locura, empatar y que sepa a gloria bendita.

Se puede estar de acuerdo en que el partido contra el Elche no fue un desaguisado completo. Hay un lugar común en el que nos encontramos los pucelanos, el clavo ardiendo del pasado sábado que seguirá incandescente hasta el próximo encuentro: hubo ocasiones de gol. Todo un consuelo, no lo nieguen. Nos acercamos a portería y tiramos. Pero después llega la divergencia de los que chasquean la lengua y miran hacia el suelo conscientes de que llegar y no marcar produce el mismo resultado que no llegar. El cántaro vallisoletano ha demostrado una contumaz resistencia. Podemos engañarnos todo lo que queramos, pero el tiempo pasa y un equipo que aspira a subir a Primera División no puede ocupar puestos medios de la tabla en pleno mes de enero.

Admiro sincera y profundamente a quienes aún ven el camino del ascenso expedito y preparado para que el Valladolid desfile por sus lindes, pero llega un momento en que las esperanzas han de traducirse en puntos, en hechos palpables, y ese momento está pasando.

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