Ángel Marcos levanta ‘La casa del agua’ en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid
El artista vallisoletano inaugura una muestra que reflexiona sobre el paisaje como experiencia emocional y extensión de memoria

Una imagen de la instalación en el pórtico del Museo.
El próximo jueves, 9 de abril, el Museo Lázaro Galdiano inaugurará la muestra La casa del agua, un proyecto específico creado para la institución madrileña por Ángel Marcos (Medina del Campo, Valladolid, 1955).
Compuesta por tres instalaciones en las que abundan series de fotografías agrupadas en temáticas o proyectos de investigación a largo plazo, la exposición se organiza en torno al agua, la casa y el viaje. Una reflexión sobre el hecho de habitar no solo como acto físico, sino como experiencia emocional en la que el paisaje, que sostiene una fuerte carga simbólica, se reconfigura en extensión de la memoria y en refugio desde el que poder comprender el mundo.
Comisariada por Begoña Torres, y con el patrocinio de la Junta de Castilla y León, Diputación de Valladolid y Fundación Caja Rural de Zamora, además de la colaboración de ADIF, la muestra -que recorre algunas de las líneas fundamentales de su trayectoria- permite construir narrativas visuales que invitan al espectador a trascender la mera observación sobre el territorio como escenario natural para conducirle a un espacio atravesado por la huella humana o las tensiones sociales, lleno de significados políticos, culturales y económicos que bien podría vincularse a conceptos como la «arqueología del paisaje» y la «memoria material», apunta la comisaria de la exposición, Begoña Torres.

Una caseta de riego en Ataquines
Una apuesta estética y conceptual que redefine los límites entre la pura documentación y la expresión artística y en la que el registro fotográfico actúa como preservación, interpretación y relectura.
«No hago fotografía documental, mi intención se centra en la constante oferta de pensamientos a través de las imágenes: quiero ofrecer emociones, rincones del alma», afirma el artista. Ángel Marcos, quien desde hace cuatro décadas ha desarrollado una obra rigurosa y poéticamente llena de lecturas en la que plantea una meditación sobre las condiciones de vida contemporáneas.

Una imagen de la muestra.
Ángel Marcos sitúa al espectador frente a lo cotidiano haciéndole reflexionar sobre su propia condición en relación al entorno y devolviéndole a una realidad crítica poco común, fotografiando esos espacios que podrían denominarse el «no lugar», en referencia al concepto bautizado por el antropólogo Marc Augé, para buscar «aquellos en los que domina la exclusión, lo baldío, aquel en el que no se ha construido pero se va a construir, el que es habitado pero sin futuro aparente», explica el artista en un comunicado.
Las fotografías de Ángel Marcos son «tentativas de localización en el tiempo de la globalización imaginada», vestigios de recorridos que facilitan situarse frente a lo esencial: el paso del tiempo, la inestabilidad, el cambio, la identidad cultural, la construcción de la memoria colectiva. «Son lugares en los que convive lo construido, lo abandonado y lo emergente, paisajes que nos hablan tanto de permanencia como de renovación, que evidencian la tensión entre lo natural y lo artificial», añade Torres.

Una de las imágenes del interior de 'La casa del agua'
En la Galería del Salón de Baile, Partir reúne seis fotografías de gran formato y una vitrina con un pequeño barco realizado con corteza de árbol que conduce a la infancia del autor, apunta a una constante en el trabajo del artista: el viaje posibilitador de nuevas experiencias o la necesidad de buscar una vida mejor, como su serie sobre los migrantes africanos que llegan en cayucos a España, La mar negra.
En la sala Arte Invitado, la serie fotográfica Casas de bombas, casas de riego, formada por 11 fotografías y un vídeo, remite a las casetas que, en la meseta castellana, albergan la maquinaria que hace posible el brote del agua en estos lugares, adentrando al público en ese escenario en el que «el tiempo reivindica la dignidad de lo cotidiano para hablar de la permanencia, de la vida vinculada a la tierra y al agua, de elementos interrumpidos, de proyectos olvidados y de la frágil relación entre el ser humano y su medio natural», como apunta Torres.
Finalizando el recorrido, se invita al espectador a detenerse en la instalación que da título a la exposición, La casa del agua, ubicada en el Pórtico del Museo: una centenaria caseta guardabarreras que se encontraba originariamente en Olmedo, pegada a la carretera N-601, a través de la cual el artista construye un diálogo sutil entre dos elementos -la cabaña y el mar- para explorar la relación entre lo habitable y lo infinito, lo íntimo y lo público, lo cercano y lo inabarcable. La cabaña, que alberga 14 imágenes retroiluminadas y un vídeo, es la fantasía y la esquematización de lo que imaginamos como casa, como expresa el artista, en la que se ve reflejada la dualidad, una cierta trascendencia interior demasiado atractiva como para ser abandonada, y en la que está presente la añoranza por lo errante, en un juego de recreaciones lleno de memoria. Un habitáculo de inmensa soledad donde se atisba una nueva forma de ver el paisaje y también el mundo.