ARIEL ROT
«Es triste la fractura de los jóvenes con el pasado»
El músico y compositor argentino clausura hoy el Estival de la UVA, en San Benito (22.00 horas), con un espectáculo íntimo con el que repasa lo mejor de su cuidado repertorio, levantado a lo largo de cuatro décadas de carrera

-SERGIO GONZÁLEZ
Ariel Rot (Buenos Aires, 1960) clausura hoy el Estival de la UVA, en el Patio de la Hospedería de San Benito (22.00 horas), con un espectáculo íntimo, Solo Rot, con el que repasa sus clásicos.
Pregunta.- ‘Vivir perjudica seriamente la salud’, cantaba en Hablando solo... Qué hay de la música, cómo andan sus riffs...
Respuesta.- Mi salud musical anda bien. Diversifiqué bastante los frentes y eso es sano: por un lado, hago rock and roll puro y duro con Tequila, eléctrico, vigoroso y con mucho músculo; en el otro extremo está lo que voy a presentar en Valladolid, un formato más íntimo que llevo trabajando desde 2008, cuando la crisis nos obligó a reinventarnos. Fue como aprender un nuevo oficio para mí: nunca había tocado solo y tuve que descubrir otro lenguaje, otra sensibilidad. Y lo disfruto un montón.
Y, entre medias, me apunto a otras cosas, como un proyecto con el pianista Federico Lechner, que es otra forma de abordar mi repertorio, dándole mucho lugar a la improvisación con claves jazzísticas. Estoy en una buena etapa: estoy llegando a unas edades importantes bien, disfrutando con menos urgencias que antes, así que puedo estar muy agradecido.
P.– Solo Rot es un repaso íntimo a su carrera. ¿Se impone en un formato así el letrista al músico?
R.– No es un concierto clásico de cantautor. Hay una parte de guitarra eléctrica y otra de piano que también ha sido un desafío para mí. No hay mucho lugar para los solos, ciertamente, así que las letras cobran muchísima fuerza sin olvidar otra parte, otro instrumento que también es muy importante y llegó tarde a mi vida como la voz. Es fundamental defender esas historias con expresividad, relatando.
P.– ¿El público aquí juega otro tipo de papel al que pueda desempeñar en un concierto de Tequila, por ejemplo? ¿Hay más interacción?
R.– El show tiene su propia narrativa. Es como cuando lees un libro y estás entendiendo que, de alguna manera, ahí está la vida de su autor. Muchas canciones pueden ganar potencia con una pequeña introducción, en un tono más reflexivo que arengador, pero la sorpresa a veces tiene un mejor efecto. El repertorio nunca está cerrado, depende un poco de la atmósfera, del espacio.
P.– Hay estudios que señalan que las nuevas generaciones, condicionadas por las plataformas digitales, ya no toleran canciones que superen los tres minutos de duración. ¡Los milenial se van a perder sus canciones, qué triste!
R.– Son muchas cosas tristes. No hablo ya de mí pero, salvo casos especiales, salvo algunas personas inquietas, las nuevas generaciones dentro de poco no sabrán quiénes son los Beatles, o pensarán que son un grupo más, ni Jobim, ni Vinícius de Moraes... Van a desconectar de esa riqueza musical del siglo XX, tan poderosa.
Cuando crecimos nosotros era como si todos los eslabones estuvieran unidos. Ahora, de repente, da la sensación de que con este gran cambio de formatos, de la manera de escuchar, es como si estuviera produciéndose una fractura con el pasado. Esa música requiere otra manera de ser escuchada.
P.– ¿Usted, que cantaba eso de que ‘la pasión es pendular’, cree que el péndulo volverá a inclinarse del lado del rock, o el género seguirá condenado al exilio?
R.– Imagino que los músicos del jazz, en algún momento, sintieron lo que sentimos nosotros ahora. Cada movimiento musical tiene que ver con una idiosincrasia concreta, con un momento que lo hizo poderoso. Luego, ha de resistir, sobrevivir.
No me importa mucho eso, sinceramente. Intento cuidar la salud musical de mis hijos, hago lo que puedo y no es fácil. Les gusta el rap, el hip hop, el trap... Es algo lógico: ahí hay una actitud y un lenguaje que tienen más que ver con los chicos de ahora.
P.– ¿El rock ha perdido músculo, rebeldía, capacidad para conectar...?
R.– Sí. El rock disfrutó del trono absoluto durante unas cuantas décadas: piensa que a finales de los años cincuenta parecía que se había acabado y mira lo que llegó después. No sé si volverá a recuperarse, a tener esa sintonía con lo social. Me da la sensación de que está siendo reemplazado por esos otros géneros como el rap que, a nivel de textos, ha avanzado mucho, es más arriesgado, más original, más inesperado... Por lo menos según lo que me ponen los chicos en casa. Es un lenguaje muy interesante, desde un punto de vista rítmico y textual.
P.– En Un país para escucharlo decía que hay victorias peores que una derrota. ¿Cuál fue su mejor derrota y su peor triunfo?
R.– Se aprende casi siempre más del fracaso que del éxito. Superar esos triunfos sin dejarte arrastrar por ellos, sobre todo cuando llegan de forma prematura y repentina, es difícil. El haber superado la caída de Tequila fue una victoria mayor que el éxito bestial que tuvimos.
P.– Los Rodríguez se encerraron un mes entero sólo para ensayar el repertorio de Fito Páez, con el que iban a dar un único concierto. ¿Eso es inocencia, simple pasión por la música, camaradería, una quimera en estos tiempos?
R.– Ese tipo de cosas son las que a la larga ofrecen las mejores recompensas. Cuando pienso en etapas de mi vida, ese mes lo recuerdo como algo que me marcó muchísimo, fue importante en lo musical, en lo amistoso... Me sentí muy recompensado por esa experiencia.
Tuvimos suerte porque quizás el mundo permitía un poco más, te dejaba tiempo para dedicarlo a cosas más románticas. Las nuevas generaciones, pobres, están atrapados por la inmediatez, por un panorama muy duro y competitivo, con una visión del éxito muy despiadada. Nosotros teníamos la certeza de que, de una manera u otra, caeríamos de pie y saldríamos adelante. Los Rodríguez triunfaron por derecho, no porque el viento soplara a favor.