«El hombre también ha de reivindicar un nuevo rol»
El vallisoletano regresa al Calderón para llevar a escena ‘La vuelta de Nora. Casa de Muñecas II’ junto a Aitana Sánchez-Gijón. Andrés Lima dirige el montaje sobre el texto de Lucas Hnath que cierra el clásico de Ibsen
-E. M.
En 2017, el estadounidense Lucas Hnath decidió responder una pregunta que llevaba cerca de 140 años sin respuesta: ¿qué ocurrió con la Nora de Ibsen cuando abandonó su Casa de muñecas? La secuela de este drama inmortal llega este fin de semana al Teatro Calderón, con el vallisoletano Roberto Enríquez en el papel del atormentado Torvald y con Aitana Sánchez-Gijón como una Nora convertida en escritora feminista de éxito. María Isabel Díaz (Anne Marie) y Elena Rivera (Emmy) completan un reparto dirigido por Andrés Lima.
Pregunta.- ‘Voy a averiguar quién tiene la razón, la sociedad o yo’, dijo la Nora de Ibsen. ¿Hasta qué punto la Nora de Hnath descubre quién es?
Respuesta.- Con Hnath, ganan Nora y Torvald y pierde la sociedad. Lo más interesante de la pieza es que no hace un discurso maniqueo y da la oportunidad de expresarse a cada personaje. Hnath también da razones a Torvald, le muestra como a otra víctima de un modelo patriarcal de sociedad que también exige al hombre cumplir con unos roles determinados. Es la sociedad la que pierde al romperse una lanza en favor de un modelo nuevo.
P.– ¿Torvald, que conIbsen acaba desnortado pero decidido a cambiar, logra hacer esa transformación, dejar atrás el estúpido orgullo y su temor al qué dirán?
R.– Eso es tan actual... Los cerca de 150 años que han pasado entre Ibsen y Hnath se condensan, quizá, en los 15 que tarda Nora en regresar a su casa en esta obra. El autor hace un juego teatral, porque argumentalmente pasan tres lustros antes de que Nora vuelva a reclamar un divorcio que nunca se consumó, pero el espectador se encuentra con que le estamos hablando de hoy en día, incluso con un lenguaje cotidiano.
En ese tiempo, todos los personajes han cambiado. Ese hombre soberbio, prepotente y condescendiente ha tenido muchos años para lidiar con su pasado; tiene una herida profunda y sangrante que le impide retomar su vida sentimental y que le ha transformado. También han cambiado Nora y el resto.
P.– En la obra de Ibsen, la señora Linde era lo opuesto a Nora y su deseo de despertar: digamos que aceptaba su rol siempre que garantizara su seguridad. ¿Hay en la obra de Hnath un contrapeso semejante?
R.– Sí, y además por las mismas razones. Lo que pasaba con Kristine también ocurre ahora con Anne Marie, que es otro tipo de mujer: si Nora está llena de una ideología feminista, y reclama romper los patrones sociales que lastran a la mujer y la hacen prisionera del rol establecido para ella, Anne Marie defiende lo contrario.
Pero es que como pasaba con Kristine, que abandonó a Krostad, también de origen humilde, porque no tenía otra posibilidad para poder sacar a su familia adelante, Anne Marie también es de otra clase social a la de Nora, que viene de una familia acomodada, que ha tenido muchas posibilidades a su alcance, que se ha casado con un banquero. Anne Marie es la cuidadora, la que ha ejercido como madre en esos 15 años cuando, irónicamente, ella misma se ha visto obligada a abandonar a su hija por algo que es tan actual como el tener que dejar a tu familia y cambiar de país para ganar un dinero que poder mandar a casa. Esas circunstancias le hacen tener un discurso en las antípodas del que tiene Nora. Incluso lo tiene su hija, Emmy, y es que a veces pensamos que los más jóvenes, por el hecho de serlo, son más progresistas, y no es cierto.
Esta pieza está llena de contrastes y de argumentos contrarios que como espectador te hacen formular tu propia reflexión. Está escrita por un dramaturgo jovencísimo del Off-Off Broadway y ha tenido tanto éxito que le ha colocado ante los ojos del mundo. No es nada fácil hacer una secuela de una obra maestra, hay que tener valor y talento.
P.– Hoy llegan mensajes que parecen querer llevarnos a tiempos lejanos, que parecen conectar con esa mentalidad ‘retrógrada’ de Anne Marie y de Emmy.
R.– Al final, Nora dice algo maravilloso mostrando su deseo de cambio. Confía en vivir lo suficiente para verlo. Aún queda mucho por conquistar. Somos lo que somos en relación al otro, y en la medida en que las mujeres reivindican un rol nuevo los hombres también hemos de hacerlo, por convencimiento y porque no nos va a quedar más remedio.
Me gusta esa idea de que las cosas evolucionan, aunque sea lentamente. Pero cuidado, porque la historia nos demuestra que todo movimiento es pendular, y hay momentos en los que parece que disfrutamos de avances y luego pasamos a vivir retrocesos como el actual, cuando vamos hacia atrás en muchos aspectos. Hay que estar en guardia.
P.– En 1878, Ibsen escribió: ‘Una mujer no puede ser auténticamente ella misma en la sociedad actual, que es una sociedad exclusivamente masculina, con leyes escritas por los hombres’.Uno piensa en acontecimientos recientes y da la sensación de que no hemos cambiado tanto en algunas cosas.
R.– Hay avances, claro:no hace mucho las mujeres no podían tener una cuenta corriente, ni votar, ni asistir a la universidad. Pensemos en que Ibsen era un hombre, y que escribió una obra como Casa de muñecas que fue un revulsivo y fue prohibida. Hoy, en este discurso del MeToo al que me sumo, también se escuchan voces que no comparto porque se radicalizan de tal manera que acaban por reproducir los males de los discursos machistas. Todo esto está metido dentro de la misma olla.
Hemos avanzado, pero aún se reproducen los arquetipos de una sociedad patriarcal, con hombres y mujeres con comportamientos machistas. Afortunadamente, lo que estamos viviendo con las movilizaciones del 8M es esperanzador y esta obra es fruto de eso.
P.– ¿Aún es especial para usted actuar en Valladolid?
R.– Nunca es una actuación más, aunque pasen los años. Se vive como un estreno, aunque intente dar lo mejor de mí mismo en cada función.