Un paseo entre pájaros, pívots, escritores y vías del tren

Daniel Monedero recrea el Valladolid de su adolescencia en el libro colectivo ‘La Errabunda’, en el que otros cinco escritores también ‘vagabundean’ por sus ciudades

El escritor y guionista Daniel Monedero, autor del relato ‘Pájaros y pívots’ incluido en el libro ‘La errabunda’.-ÓSCAR MONEDERO

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Ana de la Fuente

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Según la definición de la RAE, errabundo (Del lat. errabundus) es el término que define al errante, al que va de un lugar a otro sin tener residencia fija. La editorial Lindo&Espinosa -dirigida por la escritora Elvira Lindo y Ximo Espinosa- ha invitado a seis escritores nacidos entre las décadas de 1970 y 1980 a reencontrarse con las ciudades en las que forjaron su identidad, con ‘sus espacios’, y a reflexionar sobre ellos tras recorrerlos física, imaginaria, mental, simbólicamente y, en ocasiones, con cierto poso nostálgico.

El resultado: La errabunda. El primer tratado ibérico de deambulogía heterodoxa. El vallisoletano Daniel Monedero, escritor y guionista de películas y series de televisión como Aída oSiete vidas, entre otras muchas, es uno de estos seis ilustrados urbanitas. Él es el encargado de abrir el volumen con su relato Pájaros y pívots, un paseo físico, mental e íntimo por el Valladolid de su adolescencia.

Aunque su profesión le obligó a trasladarse a Madrid hace algunos años, son muchos los recuerdos que aún conserva en su retina. Monedero «vaga sin rumbo fijo» no por la ciudad de los grandes acontecimientos históricos, -«para eso ya está la Wikipedia», dice- sino por ese Valladolid «de los detalles, de las pequeñas cosas».

Monedero huye de los caminos transitados o, cuando menos, los transita de otro modo. Sostiene que esos acontecimientos «aparentemente insignificantes» son los que «revelan la verdad de cada lugar». Porque para el escritor, «caminar es también reflexionar con los pies». Y sus pasos se dirigen a su barrio de Pajarillos, «un barrio con calles llenas de nombres de pájaros, donde la vía partía en dos la ciudad como una cicatriz larga y herrumbrosa» y recuerda el túnel «con su luz temblorosa y sus paredes tatuadas de pintadas», y los olores a carne y pescado del Mercado Central que se colaban por las ventanas de la biblioteca municipal «donde además de leer, uno iba a oler...».

Su relato sirve también para recorrer el mundo. Desde el hotel Roma, el hotel París, el bar Berlín o el Lisboa, hasta los cines Manhattan y el cine Viena, haciendo escala en Medias Kyoto.

Monedero vagabundea por sus recuerdos en un acto «casi revolucionario hoy en día», donde parece que continuamente «hay que estar planteándose retos y objetivos, como si fuéramos participantes de una carrera». Y se sirve de la literatura para atrapar la fugacidad del tiempo. «De algún modo, en toda propuesta de literatura hay algo quimérico en su intención de querer fijar el tiempo que se va».

Junto a cierto poso de nostalgia «nunca entendida en el sentido de tristeza», remarca, su relato destila grandes dosis de humor -«que siempre ayuda a descargar cualquier tono de pedantería o solemnidad»- y de reflexión. «No concibo la literatura sin reflexión. La literatura que me interesa siempre reflexiona sobre uno mismo y sobre el mundo que le rodea», dice.

Viaja también por la Seminci y rememora aquel día en que haciendo cola para entrar al cine, se enamoró de una chica que le dio calabazas cuando terminó la proyección «porque ya no eres la clase de chicos que me gustaba hace dos horas», y cómo se topó en el Campo Grande con dos de sus «héroes» de juventud: Delibes y Arvydas Sabonis. Dos encuentros de «raíces y alas». «El primero permaneció en su tierra toda su vida, mientras Sabonis tuvo que abandonarla para jugar en una ciudad donde la niebla tiene casi denominación de origen».

A ambos les pidió un autógrafo. Delibes se lo firmó en un libro de Kerouac y el pívot en uno de Emily Dickinson. ¿Realidad, ficción? «Eso es algo que voy a dejar abierto a la interpretación del lector. En mi vida siempre se ha mezclado la realidad y la ficción y a veces las fronteras no están tan claras. Veo la realidad pasada por el tamiz de las ficciones que siempre me han acompañado. Me gusta la literatura que se completa en la cabeza del lector».

Admirador de Wislawa Szymborska y de Kafka como ya quedó patente en su libro Manual de jardinería (para gente sin jardín), vuelve a recuperarlos ahora en un pasaje del relato. «Son dos de mis referentes literarios. Cuando uno ha leído mucho a ciertos autores, de algún modo, toma prestada su mirada sobre la realidad y la suma a la propia. Todo lector es como aquel gigante de la mitología griega que tenía cien ojos. Y ve la realidad con todas esas miradas de los escritores a los que admira. Y Kafka y Szymborska comparten algunos absurdos de la existencia desde un sentido del humor muy peculiar con el que me reconozco mucho».

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Y es que para Monedero, cuyos textos están acompañados por los relatos de Sabina Urraca, Miguel Barrero, Jordi Corominas, Txani Rodríguez y Sergio del Molino, «Valladolid es como una muñeca rusa. Hay una ciudad dentro de otra ciudad de otra ciudad».