Diario de Valladolid

CARLOS GOÑI

«Soy dueño de mis errores y eso me satisface mucho»

El veterano rockero regresa hoy a Valladolid para celebrar, a las 21.00 horas en el Teatro Zorrilla, los 25 años de la grabación de ‘Básico’, el concierto acústico que marcó su trayectoria

-ANTONIO HEREDIA

-ANTONIO HEREDIA

Publicado por
Julio Tovar
Valladolid

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Hace 25 años, al más puro estilo de los Unplugged que la MTV venía grabando con artistas como Paul McCartney o Eric Clapton, Los 40 probó suerte editando por primera vez en España un concierto acústico. El escogido para hacerlo era Carlos Goñi, músico curtido en formaciones como Garage y Comité Cisne que, tres años antes, en 1990, había dado a conocer con un disco homónimo un proyecto con el que dar rienda suelta a su pasión por el rock and roll norteamericano, Revólver, desligándose del sonido cercano al pop británico de sus bandas anteriores.

Con las canciones en la mochila de Revólver y de su segundo disco, Si no hubiera que correr, Goñi grabó una docena de temas en los estudios Cinearte de Madrid, acompañado por músicos como el segoviano Cuco Pérez y de cantantes como Soledad Giménez, de Presuntos Implicados, y Rafa Sánchez, de La Unión.

Aquel Básico, que logró un Disco de Platino, fue el anticipo de lo que había de llegar con los lanzamientos posteriores de El Dorado y Calle Mayor. Un antes y un después para Carlos Goñi y su Revólver.

Hoy, a las 21.00 horas, recuerda ese hito con un concierto acústico en el Teatro Zorrilla de Valladolid.

Pregunta.– En 1993 llenaban las páginas de prensa la crisis económica, la Guerra del Golfo, el crimen de Alcàsser, la corrupción de Luis Roldán y Filesa... No hemos cambiado mucho así que, puestos a ponernos nostálgicos, mejor recordar la banda sonora de cada uno.

Respuesta.– El que lea El Criticón, de Baltasar Gracián verá que seguimos siendo los mismos que éramos en el siglo XVII. Todo sigue igual que hace 400 años, pero como este es el tiempo que nos ha tocado vivir pues mejor quedarse con esa banda sonora que va cambiando... Y eso que yo detesto todos esos movimientos en plan remember de la música de los ochenta. Yo soy cero nostálgico... Lo que ocurre, ocurre en su momento y es fantástico, pero se queda dentro de cada uno.

P.– ¿Esta gira no supone volver la vista atrás con cierta nostalgia? ¿Qué supuso Básico en su trayectoria posterior?

R.– No es nostalgia. Un día mi manager me preguntó: ‘¿Tú sabes que se cumplen 25 años de Básico?’. ‘No me jodas’, pensé. Si es que yo no estoy atento a estas historias, porque siempre creo que lo mejor está por venir, y cuando miro atrás es para intentar no meter otra vez la pata, aunque nunca lo consigo.

Sería necio si no reconociera que ese disco supuso un antes y un después. Revólver y Si no hubiera que correr, los discos anteriores, se vendieron bien y todo seguía una progresión aceptable. Básico era llevar esas canciones a lo acústico, que era algo natural en mí: la promoción de ese segundo disco la hice así, tocando en escenarios pequeños para un público pequeño, pero al final de la gira todo había crecido, tanto la duración de los conciertos como el aforo, que pasó del centenar al medio millar de personas. Estaba pasando algo:reunía a más gente solo con la acústica que con toda la banda de gira. Por eso la compañía propuso una grabación que me cambió.

P.– ¿Era uno de esos momentos de ahora o nunca?

R.– Lo bueno de tener una vocación, sea cual sea, es que cuando se te aparece tienes un problema menos, porque no tienes que preocuparte de qué vas a hacer el resto de tu vida, porque ya lo sabes, y uno más, porque lo vas a hacer te vaya bien o te vaya mal.

Yo podía ser un músico sin éxito con la nevera medio llena, tirando para adelante, o ser un músico con una vida un poco más desahogada y digna. Iba a ser cualquiera de las dos cosas. Nunca me planteé la vida en otros términos.

P.– Básico fue una apuesta de Los 40. ¿Sería ese disco viable hoy, tal y como está la industria, con un Carlos Goñi con su carrera por hacer?

R.– Empezando en este negocio desde luego que no, porque son discos muy caros de hacer. Hoy ya nadie pega pelotazos. Todo es más complicado: se consume a tal velocidad que no da tiempo a que las cosas se desarrollen. Ya no se elaboran reservas, todo ha de ser el vino del año. No hay paciencia, porque hay una cantidad de ‘vinos’ esperando a salir que... no da tiempo. Es lo que hay.

Había tres cosas especiales en torno a ese disco: era la primera vez que se hacía en España algo así, con el apoyo de una cadena tan potente, así que era una oportunidad única; fue un buen disco, que aún sigue siendo muy querido; y después llegaron El Dorado y Calle Mayor, y ya a nadie le cabía la duda de si aquello fue flor de un día, una casualidad.

P.– Andaba en los treinta y pocos, acababa de ser padre y cantaba Fuera de lugar, una canción sobre el desarraigo. ¿Cómo contempla hoy el peaje que paga un músico, siempre alejado del hogar? ¿Le pesa? ¿Le ayuda esa vocación?

R.– Sí que es un peaje duro. Y sí, ayuda la vocación y, en mi caso, otra cosa más: que hasta las últimas notas y sílabas que escribo han sido dictadas desde el corazón. La compañía en la que estuve casi treinta años nunca me dijo tienes que hacer esto o lo otro. Soy dueño de todos los errores y fracasos que haya podido tener, y eso es algo que me satisface muchísimo.

¿El peaje...? Uno siempre decide hasta dónde quiere llegar. Cuando grabé Básico hacía seis meses que me había separado de mi primera mujer y yo tenía unas condiciones mentales bastante jodidas. Veinticinco años después me he separado de la segunda (se ríe) y estoy esperando a la tercera exseñora de Goñi.

P.– Y usted, ‘que llevaba escrito en la cara mil guerras y una ganada’, de qué derrota ha aprendido más.

R.– Tengo una batalla muy particular con el tema de la experiencia, porque creo que está sobrevalorada. Para que tuviera un sentido real, para que valiera de algo, deberían reproducirse siempre las mismas condiciones con las que se adquirió esa vivencia. Aunque intentemos plantearnos en la cabeza situaciones similares, nunca serán reales.

Soy de los que puede cometer el mismo error que cometió hace cinco años, pero probablemente lo haré con otra persona. ¿No le voy a prestar dinero a alguien sólo porque antes otro no me lo devolvió? A eso, si en la segunda vez vuelve a salir mal, muchos lo llamarían un fracaso, pero yo no.

P.– Ha cantado al amor y al desamor, también a la xenofobia (Manos arriba), el terrorismo (Una lluvia violenta y salvaje) o la violencia doméstica (Lo que Ana ve). Usted, que como Seger ha cantado eso de que echa en falta el alma en el rock que se hace hoy, contra qué se rebela.

R.– Buffff. Hasta cuándo podemos hablar... Contra la piel tan fina que tiene la gente en este país por gilipolleces. Por cosas verdaderamente importantes la veo muy pasiva. Hace poco, con motivo del triste aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, yo me preguntaba, porque no lo tengo tan claro, si seríamos capaces de dar una respuesta tan bestial como aquella saliendo todos a la calle para decir, claramente, un no a los violentos.

Y lo dudo porque creo que hoy las distintas ideologías, con sus partiduchos y gentecillas, tratarían de coger las riendas para manejar aquella reacción popular. Entonces la manejábamos nosotros. Eso me genera hoy muchísima tristeza.

Hace poco, después de un concierto fabuloso en Barcelona, con un público entregado, escribí un tuit diciendo ‘Que dios maldiga a todos los políticos por levantar muros donde no los hay’. Así lo creo y contra eso me rebelo. Algunos, en lugar de solucionar problemas, los crean.

P.– Qué va a sonar en Valladolid.

R.– De todo. No hay nada previsto. Desde el 96 giro con banda hasta octubre, la deshago y me meto en teatros hasta mayo. Necesito escuchar la acústica, aunque ahora suenan tan bonitas la batería y el bajo que lo estoy disfrutando muchísimo. En el repertorio hay medio centenar de canciones que toco en función de mi estado de ánimo o de cómo reacciona el público. Lo único que me prohibe mi religión es aburrirme.

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