EXPOSICIÓN / HASTA EL 12 DE SEPTIEMBRE
‘Paisajes invisibles’, entre el mundo natural y el artificio
Mercedes Pimiento revisita el paisaje como constructo social en la Galería Javier Silva

Una joven contempla el conjunto ‘Proyectos para nuevas montañas’ expuesto en la galería Javier Silva.-J. M. LOSTAU
En marzo de 2015, Mercedes Pimiento reflexionaba en la galería Javier Silva (calle Renedo, 8) sobre la construcción de espacios, su uso y consumo con Useless Landscape. Ahora regresa con Los paisajes invisibles, un trabajo a caballo entre el arte y a arquitectura en el que la artista sevillana plantea distintos acercamientos al paisaje como constructo social a través del cuerpo y su relación con las infraestructuras y su transformación.
Pimiento fija su atención en los paisajes a los que se presta menos atención, aquellos que por diversos motivos escapan a la percepción. «Todo aquello que forma parte del paisaje pero que no se ve: todo lo que tiene que ver con la propia estructura de la visión y la forma en la que aprendemos a percibir el mundo o el proceso de construcción cultural que es necesario para que aparezca la propia idea del paisaje», reflexiona.
Un proyecto que es el resultado de varios viajes entre Barcelona y Sevilla que Pimiento realizó en AVE. Así, Pimiento condensa el paisaje que puede verse durante las cinco horas y media que dura el recorrido en un vídeo de quince minutos. A su vez, este tiempo transcurre en un lugar, el vagón del tren, que a medida que repite el viaje considera como propio, cotidiano. «Mi trabajo parte de un contexto cercano y el AVE me parecía un lugar idóneo para pensar el paisaje: ni demasiado cerca como para estar físicamente dentro del lugar y, por lo tanto perder la perspectiva, ni demasiado lejos para perder el contacto completamente. Esta infraestructura me permitía además la posibilidad de registrar todos los paisajes que aparecen al atravesar la península casi de extremo a extremo».
La artista trabaja sobre el paisaje pero traspasando el concepto meramente contemplativo. Se acerca a él como contexto desde el que se puede interactuar, percibir y modificar el entorno, como un punto de inflexión entre lo natural y el artificio. «Me interesa el paisaje en cuanto construcción social, especialmente en lo relativo a su uso. En proyectos anteriores he trabajado sobre distintos paisajes: el paisaje industrial, los lugares periféricos, la ruina... En esta ocasión he decidido centrarme en los paisajes ‘naturales’. El resto de paisajes, todos los que han sido físicamente manipulados, resulta evidente que tienen implicaciones, usos y consecuencias políticas y sociales. Me parecía interesante centrarme en los paisajes presuntamente naturales en los que la intervención humana no es apreciable ya que su elaboración como producto social es mucho más sutil y en una primera lectura podría pensarse que se trata de espacios neutros».
Un trabajo de clasificación muy minucioso ya que, según explica, había determinadas zonas durante el recorrido en las que era difícil distinguir si se trataba de terrenos cultivados o vegetación salvaje.
Y frente a la distancia del tren, la del satélite. Así, junto al vídeo, eje principal sobre el que gira la exposición, la galería exhibe también una serie de trabajos que parten de unas fotografías captadas por el telescopio Kepler. Son imágenes reales pero irreconocibles. «Fotos que son simplemente unos cuantos píxeles. Más allá de todo lo que se ha escrito o se pueda investigar en torno a la relación entre fotografía y verdad, me interesaba el hecho de que, en este caso, la percepción y representación del paisaje no sólo depende de una determinada construcción social de la mirada, sino que ni siquiera requiere ya de la presencia de una realidad anterior a la propia construcción».
Algo que, de alguna manera, tendría una cierta relación con el desierto, la parte final del vídeo. «Cuanto más indefinida es una imagen, cuanto menos distinguibles son sus signos, más fácil es llenarla de significados. Lo mismo sucede con los escenarios geográficos sobre los que se construye la historia. El desierto, por ser el más impreciso de los paisajes, es el más abierto a albergar significados y connotaciones», explica Pimiento.